CUENTO BREVE
Me llamo Brenda
Qually, tengo 35 años y soy restauradora de pergaminos antiguos, un trabajo que
me apasiona y que me lleva a viajar por todo el mundo para recuperar tesoros
del pasado. Soy una mujer alta, de cabello castaño y ojos verdes, con una
mirada curiosa y una sonrisa que siempre está dispuesta a aparecer. Me gusta la
soledad de los pueblos pequeños, donde el tiempo parece detenerse y la historia
se respira en cada rincón. Por eso, decidí pasar el verano en Campdevànol, un
pueblo encantador situado en los Pirineos catalanes, rodeado de montañas
frondosas y aguas cristalinas.
Desde el primer
día, me enamoré del pueblo. Me gustaba pasear por sus calles estrechas y
empedradas, visitar la iglesia románica de Sant Cristòfol y contemplar el río
Ripoll que lo atraviesa. La tranquilidad me permitía concentrarme en mi
trabajo, que requería paciencia y precisión. Me sentía en paz en Campdevànol,
un lugar donde podía conectar con la naturaleza y la historia.
Un día, mientras
visitaba el castillo de Campdevànol, me encontré con un hombre que estaba
tocando un extraño instrumento de viento. Era alto, de cabello negro y ojos
oscuros, con una mirada profunda y una sonrisa contagiosa. Me acerqué a él y le
pregunté qué instrumento estaba tocando.
—Es un
instrumento que yo mismo he fabricado —me contestó con orgullo. —Me llamo Zyan
Olow, tengo 38 años y soy artesano de instrumentos musicales. Utilizo
materiales reciclados para crear nuevos sonidos.
Me quedé
fascinada por su trabajo. Zyan me contó que vivía en una pequeña cabaña en las
afueras del pueblo y que pasaba sus días buscando materiales y creando
instrumentos. Nos pasamos horas hablando de música, historia y artesanía.
Descubrimos que teníamos muchas cosas en común y que nos gustaba pasar tiempo
juntos.
En los días
siguientes, nos encontramos repetidamente en los rincones más históricos de
Campdevànol. Visitamos la iglesia de Sant Cristòfol, el castillo y los
alrededores del pueblo. Zyan me enseñó a tocar algunos de sus instrumentos y yo
le hablé de mi trabajo como restauradora. Nos enamoramos poco a poco, sin
darnos cuenta.
Sin embargo, un
día, mientras yo estaba trabajando en mi pergamino, me di cuenta de que me
faltaba un pequeño trozo de material. Me asusté y pensé que Zyan me lo había
robado para utilizarlo en uno de sus instrumentos. Me sentí traicionada y
enfadada.
Fui a buscar a
Zyan a su cabaña y le acusé de haber robado el material. Él me miró con
sorpresa y confusión.
—Yo no he robado
nada, Brenda —me dijo. —He estado buscando materiales en la basura, pero nunca
me llevaría algo que no es mío.
Le creí, pero
todavía estaba enfadada. Me sentía herida por la posibilidad de que él me
hubiera robado. Pasaron varios días sin que nos viéramos.
Una tarde,
mientras estaba paseando por el pueblo, me encontré con Zyan. Se acercó a mí y
me dijo que había encontrado el material que me faltaba.
—Lo encontré en
la papelera de la iglesia —me explicó. —Me di cuenta de que te lo habías dejado
olvidado.
Me sentí
avergonzada por haber sospechado de él. Le pedí perdón y le di las gracias por
haber encontrado el material.
—No tienes que
pedir perdón, Brenda —me dijo. —Entiendo que estuvieras asustada. Lo importante
es que todo se ha solucionado.
Nos abrazamos y
nos dimos cuenta de que nuestro amor era más fuerte que cualquier malentendido.
Pasamos el resto del verano juntos, disfrutando de la compañía del otro y de la
belleza de Campdevànol.
Al final del
verano, tuve que partir a una nueva restauración en otra ciudad. Zyan y yo nos
prometimos que mantendríamos la conexión a pesar de la distancia. Sabíamos que
nuestro amor era real y que podíamos superar cualquier obstáculo.
Meses después,
nos reencontramos en una ciudad histórica de Italia. Nos abrazamos con fuerza y
nos dimos cuenta de que lo que habíamos encontrado en Campdevànol era algo
especial, algo que valía la pena conservar. Sabíamos que nuestro amor era para
siempre.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El sábado, 15, de agosto
de 2026.
En Badalona.

No hay comentarios:
Publicar un comentario