¡Espero que os guste y lo disfrutéis!
LOS 7 SECRETOS
CUENTO BREVE
El título de
este cuento, es el mismo que el sitio al que voy a hacerme la depilación. Y, me
ha parecido muy inspirador.
Siempre he
creído que las ciudades guardan secretos como si fueran cartas sin abrir. Yo
también guardo los míos.
Me llamo Dania Záratev.
Soy novelista. Alta, de cabello negro y ondulado que cae como tinta derramada
sobre mis hombros, piel morena clara y ojos oscuros que —según mi madre—
parecen estar siempre inventando algo. Por dentro soy más compleja que mis
historias: insegura a veces, obstinada casi siempre, romántica en secreto y
valiente cuando la ficción me presta su coraje.
Vivo en Ciudad
de México, rodeada de ruido, jacarandas y cafés donde escribo durante horas. Mi
vida parecía ordenada entre manuscritos y fechas de entrega, hasta que el azar
decidió repetirse.
Lo conocí en
París. Había viajado para documentarme sobre la historia del Museo del Louvre.
Frente a la pirámide de cristal, mientras observaba cómo el cielo gris se
reflejaba en sus aristas, tropecé con alguien.
—Perdón —dije,
recogiendo mis papeles.
—La culpa es mía
—respondió él, con un acento francés impecable y una sonrisa serena.
Se llamaba
Étienne Delacroix. De estatura media, cabello castaño claro peinado con
discreta elegancia, ojos verdes que parecían cambiar de tono con la luz. Vestía
traje oscuro, perfectamente cortado. Trabajaba como cónsul. Pero más allá de su
apariencia pulcra, lo que más me sorprendió fue su voz tranquila y su manera de
escuchar, como si cada palabra tuviera peso.
—¿Escribe?
—preguntó al ver mis hojas llenas de anotaciones.
—Novelas.
Intento atrapar secretos.
—Entonces
coincidimos —sonrió—. Yo intento protegerlos.
Reí. No
imaginaba que aquella frase sería el primero de nuestros siete secretos.
Nos despedimos
sin intercambiar más que los nombres. Sin embargo, días después lo encontré de
nuevo, esta vez en Roma, frente al Coliseo. El anfiteatro se alzaba dorado bajo
el atardecer, con sus arcos abiertos como heridas antiguas.
—Esto empieza a
parecer destino —dijo él, acercándose con una mezcla de sorpresa y complicidad.
—O mala
planificación de itinerarios —respondí, aunque mi corazón latía con entusiasmo.
Caminamos entre
las piedras milenarias. Me habló de su trabajo diplomático, de cómo debía
mediar entre culturas distintas. Yo le conté cómo construía personajes a partir
de fragmentos reales.
Lo que me
gustaba de él era su serenidad; conmigo, el mundo parecía ordenarse. Étienne
decía admirar mi imaginación.
—Cuando hablas,
todo se vuelve posible —me confesó mientras contemplábamos la luna asomarse
entre las ruinas.
Pensé que
aquello era el inicio de algo, pero nuestras vidas estaban en extremos
distintos del mundo. Él debía viajar constantemente; yo regresé a México.
El tercer
encuentro fue en Nueva York, bajo la estructura de hierro del Puente de
Brooklyn. El viento del río agitaba mi cabello y su corbata.
—Esto ya no
puede ser casualidad —le dije.
—Quizá el mundo
es más pequeño cuando dos personas desean encontrarse —respondió.
Caminamos sobre
las tablas de madera, viendo el perfil de la ciudad iluminarse. Allí, entre
rascacielos y luces, comprendí que me estaba enamorando. Me gustaba su firmeza,
su ética, su capacidad de mantenerse íntegro en medio de negociaciones
complejas. Él decía que le fascinaba mi manera de mirar los detalles, como si
cada esquina escondiera una historia.
Pero el
malentendido llegó pronto. Una noche recibí un mensaje breve: “Debo cumplir con
mi deber. No puedo explicarlo ahora.” Luego, silencio.
Durante semanas
no supe nada de él. Pensé que había jugado conmigo, que yo era apenas una
coincidencia más en su agenda diplomática. Mi inseguridad escribió finales
tristes sin consultarme.
El cuarto
encuentro ocurrió inesperadamente en Kioto, frente al Santuario Fushimi Inari.
Miles de torii rojos formaban un túnel infinito bajo el sol.
Al verlo, mi
corazón osciló entre la rabia y el alivio.
—¿Por qué
desapareciste? —pregunté, sin saludar.
Él bajó la
mirada.
—Hubo una crisis
diplomática. No podía dar detalles. Mi silencio era parte del deber, no de la
indiferencia.
—Pensé que me
evitabas.
—Dania Záratev,
te he buscado en cada ciudad donde sabía que presentarías tu libro.
Me mostró un
ejemplar subrayado de mi última novela.
—Aquí está tu
sexto secreto —dijo—. Siempre supe dónde encontrarte.
Comprendí
entonces que nuestras coincidencias no eran azar: ambos consultábamos
discretamente las agendas públicas del otro. Ninguno lo había confesado. Reímos
bajo los arcos rojos. El malentendido se deshizo como papel bajo la lluvia.
El séptimo
secreto lo descubrimos juntos: el amor también requiere diplomacia y narrativa.
Nos prometimos
no dejar que el silencio inventara historias por nosotros. Decidimos alternar
continentes, convertir aeropuertos en antesalas de abrazos y monumentos en
testigos de promesas.
Hoy escribo
estas líneas desde una terraza en Lisboa mientras Étienne Delacroix atiende una
llamada oficial dentro del apartamento. Sé que al terminar saldrá, me mirará
como la primera vez en el Louvre y dirá:
—¿En qué
capítulo estamos ahora?
Y yo responderé:
—En el más
importante.
Porque aprendí
que algunos secretos no se guardan: se comparten.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El jueves, 26, de febrero
de 2026.
En Badalona.

