¡Espero que os guste y lo disfrutéis!
EL TESORO DE LAS LETRAS ESCONDIDAS
CUENTO BREVE
Este cuento ha sido escrito, a partir de palabras sueltas y
escogidas al azar.
Y, el personaje de Anel, lo he hecho ser de Ecuador, en
recuerdo a mi mejor amigo, Giancarlo. Te echo mucho de menos, Janky.
Nidia
Zárate-Dalmau vivía en Martinica, frente al mar gris del invierno. Alta, de
piel oliva y ojos oscuros que parecían analizar cada gesto ajeno, llevaba el
cabello negro siempre recogido en una coleta práctica. En su rostro había
serenidad, pero también una tensión constante: la de quien ha aprendido a
desconfiar. Por dentro era meticulosa, intuitiva y valiente; por fuera,
reservada y elegante sin proponérselo. Trabajaba como detective privada,
especializada en casos de fraudes literarios y herencias disputadas.
Amaba los libros
desde niña. Aquella fascinación la había llevado a investigar la misteriosa
carta firmada por un viejo novelista y poeta fallecido en circunstancias
extrañas. El mapa incluido señalaba un lago perdido entre bosque y niebla. La
pista la condujo, inesperadamente, a Ecuador , donde debía contrastar datos
sobre el manuscrito desaparecido.
Allí conoció a
Anel Quispe-Montalbán. Anel vivía en Ecuador desde hacía años. Era limpiador en museos y
edificios históricos. Delgado, de piel cobriza y manos fuertes marcadas por el
trabajo, tenía el cabello oscuro y algo rebelde, y unos ojos color miel que
parecían sonreír antes que sus labios. Por dentro era paciente, observador y
profundamente honesto; por fuera, discreto y silencioso, como si su oficio le
hubiera enseñado a no dejar huella.
Se encontraron
por primera vez en el vestíbulo del museo donde Nidia investigaba unos
documentos.
—Perdone, el ala
norte está cerrada —dijo él con voz suave.
—Solo necesito
revisar un archivo antiguo. Es importante —respondió Nidia, mostrando su
credencial.
—Entonces la
acompañaré. Aquí los pasillos son un laberinto.
Desde ese
momento, comenzaron a coincidir constantemente. Cuando Nidia viajaba por una
pista, Anel parecía estar allí trabajando: en París, limpiando una galería
cercana a la imponente Torre Eiffel, donde subieron juntos al anochecer y
observaron cómo la ciudad se encendía bajo ellos como un océano de luces
doradas; en Roma, cerca del majestuoso Coliseo, donde caminaron entre piedras
milenarias sintiendo el peso de la historia; incluso en Kioto, paseando bajo
los arcos rojos del Santuario Fushimi Inari-taisha, rodeados de faroles y olor
a incienso.
—Es extraño
—dijo Nidia una noche en París—. Siempre apareces donde me lleva el caso.
—El mundo es más
pequeño de lo que creemos —sonrió él—. O tal vez estamos destinados a
cruzarnos.
Nidia admiraba
la humildad de Anel, su forma de encontrar belleza en lo simple, su respeto
silencioso por los espacios que limpiaba. Él, en cambio, se sentía fascinado
por la inteligencia de ella, su determinación y la pasión con la que hablaba de
literatura.
El amor creció
entre conversaciones nocturnas y miradas sostenidas frente a monumentos
iluminados. No fue inmediato, pero sí inevitable. El malentendido llegó en
Roma. Nidia descubrió que alguien filtraba información de su investigación y
vio a Anel conversando con un hombre relacionado con el fraude literario.
—¿Me has estado
siguiendo por el caso? —le reclamó ella con frialdad.
—No sabes lo que
estás pensando —respondió él, herido.
Se alejaron
durante semanas. Nidia, fiel a su instinto, investigó a fondo y descubrió que
Anel no era cómplice, sino informante involuntario: el hombre lo había
interrogado fingiendo ser inspector de patrimonio.
Cuando
comprendió la verdad, viajó a Ecuador .
—Lo siento —dijo
Nidia frente al mar helado—. Mi trabajo me ha enseñado a desconfiar, incluso de
lo que más quiero.
—Y el mío me ha
enseñado a limpiar lo que ensucia el pasado —respondió Anel—. No quiero que la
duda nos manche.
Se abrazaron
bajo una nube baja que anunciaba lluvia, como aquella del viejo mapa. Nidia
resolvió el caso: el manuscrito inédito era auténtico, y su publicación limpió
el nombre del novelista.
Decidieron no
dejar que la distancia los separara. Entre Martinica y Ecuador construyeron una vida compartida de viajes,
libros y nuevos comienzos. Siempre parecían encontrarse en el mismo lugar,
aunque el mundo fuera inmenso.
Porque
comprendieron que el verdadero tesoro no estaba escondido en un lago ni en un
manuscrito, sino en la certeza de coincidir una y otra vez.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El martes, 24, de
febrero de 2026.
En Badalona.
