ESCRIBO, LUEGO EXISTO
Si no leemos, no sabemos escribir y si no sabemos escribir, no sabemos pensar.
sábado, 22 de agosto de 2026
¡¡De exposición!!
¡¡Cuarto ☽ libro 📙 del verano 🏖!!
Mi refugio y mi tormenta, de Arundhati Roy (2025)
Antes de ayer, jueves, 20, de agosto, después de ¡10 días! He acabado de leer mi cuarto libro del verano. Me lo ha dejado mi vecina, Isabel.
Está dividido en cuarenta y dos capítulos, en los que Arundhati, la autora, destrozada por la muerte de su madre y, al mismo tiempo, desconcertada y «más que un poco avergonzada» por la intensidad de su reacción, ésta comenzó a escribir estas memorias en un intento de comprender sus sentimientos hacia la madre de la que huyó a los dieciocho años, «no porque no la amara, sino para poder seguir amándola».
Así empieza esta historia asombrosa, el libro que Roy lleva «escribiendo toda la vida», un texto radicalmente honesto, divertido y profundamente conmovedor. Con la amplitud, el alcance y la profundidad de novelas tan icónicas como El dios de las pequeñas cosas, este libro es un canto a la libertad y un homenaje al amor espinoso, un último abrazo entre madre e hija.
Está bien, desde el punto de vista de las relaciones madre - hija y también de la situación política durante esos años de los que habla la autora, en la India. Me gustó la parte en la que habla de, a pesar de ser pobre y una mujer, pudo estudiar e ir a la universidad y, la de que, su madre fundó una escuela, pero, por otro lado, realmente no me gustó nada, porque sólo habla de su madre y, eso, se hace muy pesado.
domingo, 16 de agosto de 2026
¡Pelis 📽 tardes finde!
Tandem - El miedo en el cuerpo (2018)
Emitida ayer tarde, sábado, 15, de agosto de 2026, en tv3.
Céline Ducourneau aparece tendida en su terraza y está en coma. Fue una mujer maltratada a la que una asociación dio la oportunidad de rehacer su vida en Montpellier. Como el exesposo sigue en prisión, y todo apunta a un simple accidente de jardinería, Leah está a punto de cerrar el caso. Es entonces cuando se sorprende al descubrir un rostro familiar entre las personas que llamaron a Celine la mañana de su muerte.
Está bastante bien, intriga, crimen y policíaca. ¡Me encantó!
Tandem - Resurrección (2018)
Emitida esta tarde, domingo, 16, de agosto de 2026, en tv3.
La dueña de la jabonería Galtier perdió a su marido hace ocho años cuando el hombre cayó en un depósito de sosa de la fábrica. Su segundo marido aparece muerto de un golpe en la cabeza en la misma fábrica.
Está muy bien, intriga, crimen y policíaca. ¡Me encantó!
sábado, 15 de agosto de 2026
¡¡Último cuento mío!
UN VERANO EN RIPOLL
CUENTO BREVE
Me llamo Yadira Viteri. Tengo 29
años y nací en Quito, Ecuador, aunque mi profesión me obliga a vivir con la
maleta hecha. Soy paleobotánica especializada en la conservación y análisis de
esporas de musgos extintos en estructuras medievales. Físicamente, soy de
estatura media, de tez morena clara, con una abundante cabellera rizada de
color castaño oscuro y unos ojos ámbar muy expresivos. En lo interno, me
considero una persona analítica, profundamente observadora, cautelosa con las
emociones apresuradas, pero apasionada por la belleza silente de las cosas
antiguas.
Aquel verano decidí instalarme en
Ripoll, la capital del Ripollès, resguardada entre las majestuosas montañas de
los Pirineos catalanes. El entorno me atrapó desde el primer minuto: la
confluencia cristalina de los ríos Ter y Freser abrazaba una villa rica en
vegetación húmeda, aliento de pino y un silencio matutino roto solo por el
canto de las aves y el repicar de las campanas. Ripoll destilaba historia en
cada sillar de piedra, dominada por la omnipresente y soberbia silueta del
Monasterio de Santa María de Ripoll.
Mi rutina en el monasterio
consistía en tomar muestras microscópicas en el claustro. Fue allí donde lo vi
por primera vez. Estaba inclinado cerca de una columna, sosteniendo un diapasón
y un pequeño sonómetro digital.
Se llamaba Zyan Kurosawa, de 31
años, originario de Kioto, Japón. Zyan era alto, de complexión atlética, con el
cabello negro algo despeinado, tez clara y unos ojos rasgados de un tono café
profundo que transmitían una calma serena. Su trabajo era tan inusual como el
mío: se dedicaba a la ingeniería de sonido arquitectónico y a la afinación de
frecuencias de campanas monumentales. Introspectivo, con un sentido del humor
sutil y una capacidad de escucha prodigiosa, Zyan observaba el mundo a través
del oído, mientras yo lo hacía a través de la materia.
Pronto descubrimos que nuestras
visitas no eran casuales; nos encontrábamos a diario en los mismos lugares.
Coincidíamos a primera hora en la confluencia de los ríos, luego en el
scriptorium y por la tarde en el puente de piedra.
—Parece que los dos seguimos la
sombra de los mismos siglos, Yadira —me dijo una mañana con una sonrisa franca,
mientras nos deteníamos frente a la monumental portada románica del siglo XII.
—O quizás es que Ripoll es un
pañuelo de piedra y agua, Zyan —le respondí, fascinada por su timbre de voz
grave.
Nos quedamos contemplando la
majestuosa fachada tallada en piedra arenisca. Le hablé de los detalles
microscópicos de los relieves, donde reyes, profetas y bestias fantásticas
parecían cobrar vida bajo la luz dorada del atardecer; él me describió cómo la
acústica del pórtico amplificaba el eco de los transeúntes creando una
resonancia armónica perfecta. Nos enamoramos en las pausas de nuestras
conversaciones, fascinados el uno por el otro. A mí me encandilaba su paciencia
infinita y esa forma tan poética de traducir el sonido en emoción; a él le
fascinaba mi rigor científico, mi devoción por el detalle y la calidez con la
que explicaba la vida invisible de las plantas.
Sin embargo, la armonía se rompió
bruscamente una tarde de julio. El archivero de la villa anunció consternado
que un valioso manuscrito del siglo XIV, que contenía registros de tonos de
fundición y notas botánicas medievales, había desaparecido de la sala de
consulta. Esa misma mañana, yo había visto a Zyan guardar apresuradamente unos
legajos en su carpeta de cuero dentro de una zona restringida del archivo.
Un velo de sospecha y tensión
empañó mi juicio. ¿Había aprovechado nuestra cercanía y su acceso al edificio
para sustraer el documento? La idea de haber confiado en alguien manipulador me
oprimía el pecho. Decidí no acusarlo sin pruebas y apliqué la lógica que
utilizaba en mi trabajo. Revisé el registro de entrada del archivo, hablé con
el personal de limpieza y examiné el catálogo de préstamos internos.
Al día siguiente, abordé a Zyan
junto al río Freser.
—Zyan, necesito que seas honesto
conmigo —le dije, mirándolo fijamente a los ojos—. Ayer te vi en la sección
restringida guardar unos papeles antiguos. El manuscrito del siglo XIV ha
desaparecido y no quiero pensar lo peor.
Zyan me miró primero con sorpresa
y luego con una serenidad insondable. Abrió su maletín de cuero y extrajo un
conjunto de planos modernos de frecuencia.
—Yadira, jamás tocaría un
documento histórico sin autorización —dijo suavemente—. Ayer estaba guardando
los esquemas acústicos de las bóvedas que el propio archivero me encargó medir.
Si el pergamino no está en su vitrina, estoy seguro de que se trata de un
traspaso de conservación. Ayer vi a la restauradora oficial tomar muestras de
humedad en ese mueble.
Avergonzada por mi precipitación,
acompañé a Zyan de vuelta al archivo. Tras consultar a la restauradora
principal, confirmamos la hipótesis de Zyan: el manuscrito había sido
trasladado a la cámara de desecación la tarde anterior para evitar que el hongo
de la humedad lo deteriorara.
—Siento mucho haber dudado de ti,
Zyan —le confesé a la salida, rodeados por el murmullo del agua—. Mi mente
analítica a veces busca patrones donde solo hay coincidencias.
Él me tomó la mano con dulzura.
—No pidas perdón, Yadira. Valoro
tu honestidad y tu deseo de proteger la historia. Eso solo me demuestra la
clase de mujer apasionada e íntegra que eres.
Aquel malentendido, lejos de
distanciarnos, selló definitivamente nuestra complicidad. Comprendimos que
nuestros caminos, aunque iniciados en Quito y Kioto, habían encontrado su
centro de gravedad en la tranquilidad de Ripoll.
El verano llegó a su fin, pero no
nuestra historia. Diseñamos un proyecto interdisciplinario para estudiar la
conservación acústica y botánica en catedrales de América Latina y Asia,
asegurándonos de recorrer el mundo juntos. Nos despedimos de la villa románica
con un cálido abrazo sobre el puente de los ríos, sabiendo que Ripoll no había
sido solo un destino de trabajo, sino el lugar donde aprendimos a escuchar y
observar el amor.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El sábado, 15, de agosto
de 2026.
En Badalona.
¡Nuevo cuento mío!
CUENTO BREVE
Me llamo Brenda
Qually, tengo 35 años y soy restauradora de pergaminos antiguos, un trabajo que
me apasiona y que me lleva a viajar por todo el mundo para recuperar tesoros
del pasado. Soy una mujer alta, de cabello castaño y ojos verdes, con una
mirada curiosa y una sonrisa que siempre está dispuesta a aparecer. Me gusta la
soledad de los pueblos pequeños, donde el tiempo parece detenerse y la historia
se respira en cada rincón. Por eso, decidí pasar el verano en Campdevànol, un
pueblo encantador situado en los Pirineos catalanes, rodeado de montañas
frondosas y aguas cristalinas.
Desde el primer
día, me enamoré del pueblo. Me gustaba pasear por sus calles estrechas y
empedradas, visitar la iglesia románica de Sant Cristòfol y contemplar el río
Ripoll que lo atraviesa. La tranquilidad me permitía concentrarme en mi
trabajo, que requería paciencia y precisión. Me sentía en paz en Campdevànol,
un lugar donde podía conectar con la naturaleza y la historia.
Un día, mientras
visitaba el castillo de Campdevànol, me encontré con un hombre que estaba
tocando un extraño instrumento de viento. Era alto, de cabello negro y ojos
oscuros, con una mirada profunda y una sonrisa contagiosa. Me acerqué a él y le
pregunté qué instrumento estaba tocando.
—Es un
instrumento que yo mismo he fabricado —me contestó con orgullo. —Me llamo Zyan
Olow, tengo 38 años y soy artesano de instrumentos musicales. Utilizo
materiales reciclados para crear nuevos sonidos.
Me quedé
fascinada por su trabajo. Zyan me contó que vivía en una pequeña cabaña en las
afueras del pueblo y que pasaba sus días buscando materiales y creando
instrumentos. Nos pasamos horas hablando de música, historia y artesanía.
Descubrimos que teníamos muchas cosas en común y que nos gustaba pasar tiempo
juntos.
En los días
siguientes, nos encontramos repetidamente en los rincones más históricos de
Campdevànol. Visitamos la iglesia de Sant Cristòfol, el castillo y los
alrededores del pueblo. Zyan me enseñó a tocar algunos de sus instrumentos y yo
le hablé de mi trabajo como restauradora. Nos enamoramos poco a poco, sin
darnos cuenta.
Sin embargo, un
día, mientras yo estaba trabajando en mi pergamino, me di cuenta de que me
faltaba un pequeño trozo de material. Me asusté y pensé que Zyan me lo había
robado para utilizarlo en uno de sus instrumentos. Me sentí traicionada y
enfadada.
Fui a buscar a
Zyan a su cabaña y le acusé de haber robado el material. Él me miró con
sorpresa y confusión.
—Yo no he robado
nada, Brenda —me dijo. —He estado buscando materiales en la basura, pero nunca
me llevaría algo que no es mío.
Le creí, pero
todavía estaba enfadada. Me sentía herida por la posibilidad de que él me
hubiera robado. Pasaron varios días sin que nos viéramos.
Una tarde,
mientras estaba paseando por el pueblo, me encontré con Zyan. Se acercó a mí y
me dijo que había encontrado el material que me faltaba.
—Lo encontré en
la papelera de la iglesia —me explicó. —Me di cuenta de que te lo habías dejado
olvidado.
Me sentí
avergonzada por haber sospechado de él. Le pedí perdón y le di las gracias por
haber encontrado el material.
—No tienes que
pedir perdón, Brenda —me dijo. —Entiendo que estuvieras asustada. Lo importante
es que todo se ha solucionado.
Nos abrazamos y
nos dimos cuenta de que nuestro amor era más fuerte que cualquier malentendido.
Pasamos el resto del verano juntos, disfrutando de la compañía del otro y de la
belleza de Campdevànol.
Al final del
verano, tuve que partir a una nueva restauración en otra ciudad. Zyan y yo nos
prometimos que mantendríamos la conexión a pesar de la distancia. Sabíamos que
nuestro amor era real y que podíamos superar cualquier obstáculo.
Meses después,
nos reencontramos en una ciudad histórica de Italia. Nos abrazamos con fuerza y
nos dimos cuenta de que lo que habíamos encontrado en Campdevànol era algo
especial, algo que valía la pena conservar. Sabíamos que nuestro amor era para
siempre.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El sábado, 15, de agosto
de 2026.
En Badalona.
¡¡Nuevo cuento escrito por mí!!
VALLE DE NÚRIA. UN VALLE ÚNICO
CUENTO BREVE
Mis manos,
callosas por años de guiar la máquina que domina la pendiente, acariciaban el
volante del tren cremallera con la familiaridad de un viejo amigo. Era la primera hora de la mañana, el aire de
los Pirineos Gerundenses mordía mi rostro con un dulzor vigorizante. Mi nombre
es Núria Quintana, heredera de un linaje que ha habitado estas tierras mucho
antes de que el turismo pintara de colores los senderos de la Vall de
Núria. Mi piel, curtida por el sol y el
frío, es el espejo de mis cincuenta y
cuatro años de vida dedicada a este lugar.
En mi interior, una serenidad parecida a la de los picos que me
rodeaban, se mezclaba con una pasión por la historia de este valle que corría
por mis venas como el torrente del río Freser.
Fue en uno de
esos ascensos matutinos, cuando el cremallera gemía con fuerza superando los
desniveles, que su mirada se cruzó con la mía. Él era Einar Nilsson, un
ingeniero sueco de sesenta y dos años, con los ojos azules del cielo de
invierno de su tierra y una barba blanca que le confería un aire de sabiduría y
experiencia. Trabajaba como consultor
internacional en la gestión sostenible de ecosistemas de montaña, y había
venido a Núria, atraído por la singularidad de este valle glaciar, único por su accesibilidad, pero que a la vez
conservaba su esencia salvaje.
Nuestros mundos
no podían ser más diferentes. Yo, arraigada a estas montañas, narrando a los
viajeros la leyenda de Sant Gil y el origen del nombre del valle, un nombre que según dicen, proviene del vasco
"uri", pueblo, "a", agua,
evocando los orígenes pastoriles y sagrados de este lugar antes de que
el telecabina y la estación de esquí se convirtieran en parte de su
paisaje. Él, un ciudadano del mundo, que
vivía entre Estocolmo y conferencias internacionales, que veía la montaña como
un puzle de datos, sostenibilidad e infraestructuras.
Sin embargo, en
ese primer cruce de miradas, en medio de la sinfonía de la naturaleza y el
traqueteo del tren, algo surgió. Él me
preguntó sobre la geología de las rocas que flanqueaban la vía, y yo,
sorprendida por su genuino interés, le hablé de las fuerzas que habían
esculpido este paisaje a lo largo de milenios.
—Su tren es un
prodigio de ingeniería en un entorno tan delicado— me dijo en un castellano con
un ligero acento escandinavo, pero con una convicción que me cautivó.
—Es más que una
máquina— le respondí con orgullo, es el vínculo que une Ribes de Freser con el
corazón del valle, una forma de respetar la montaña sin herirla.
Einar se
convirtió en un pasajero habitual en mis viajes. Nuestras conversaciones se alargaron. Me
habló de su infancia en los fiordos noruegos, de su pasión por la fotografía de
naturaleza y de su constante búsqueda de equilibrio entre el progreso humano y
la preservación del medio ambiente. Yo
le hablé de mi familia, de cómo mi abuelo había trabajado en la construcción de
la vía, de cómo había visto cambiar el valle, de la ermita de Sant Gil, donde
mi madre solía tirar una piedrecita pidiendo un deseo, un deseo que siempre se
cumplía.
Paseamos por el
borde del lago, sus aguas cristalinas reflejando el cielo y las cumbres
circundantes. Me impresionó su
conocimiento de la flora y fauna local, y él se dejó llevar por mi relato de la
historia y las leyendas que habitaban cada rincón del valle. Subimos juntos en el telecabina hasta el Pic
de l’Àliga, y desde allí, con el valle a nuestros pies, me susurró:
—Este lugar
tiene una energía especial, una paz que rara vez he encontrado en mis viajes.
—Es la magia de
Núria— le respondí, una magia que se cuela en el alma de quien sabe escucharla.
Pero el destino
nos tenía preparada una prueba. Un
malentendido técnico en la gestión de una nueva ruta de senderismo en la que
Einar estaba asesorando, generó
tensiones con los responsables de la estación de esquí, y por extensión, con la
comunidad local. Einar, un
perfeccionista por naturaleza, se sintió frustrado por la burocracia y la falta
de visión a largo plazo, lo que le llevó
a distanciarse y a pasar más tiempo en su despacho improvisado en el hotel del
valle.
Yo, herida por
su aparente indiferencia y por los rumores que circulaban sobre sus propuestas
que algunos consideraban demasiado radicales,
me volví más retraída. Nuestras
miradas ya no se buscaban. El valle, que antes nos había unido, parecía ahora
un recordatorio de nuestra separación.
Un día, en el
cremallera, me encontré con un grupo de ecologistas locales que protestaban
contra los planes de Einar. Sus gritos
resonaban en el vagón, y sentí una punzada de dolor en el corazón. Sabía que
Einar solo quería lo mejor para el valle, pero sus métodos habían sido
malinterpretados.
Armándome de
valor, me dirigí a su despacho. Estaba rodeado de mapas y planos, su rostro
cansado y demacrado.
—Einar, tenemos
que hablar— le dije, con una voz que temblaba pero con determinación.
Él me miró, y
por primera vez en semanas, vi la ternura en sus ojos.
—Núria, lo
siento mucho. Me he perdido en mis propios datos y he olvidado lo más
importante: la gente que vive aquí, la esencia de este lugar.
—No es tu culpa,
Einar. Es un malentendido. Pero tenemos que solucionarlo juntos.
Hablamos durante
horas. Einar me explicó su visión, yo le conté los miedos y las preocupaciones
de los lugareños. Juntos, diseñamos un
plan de comunicación para explicar las propuestas de Einar, un plan que ponía
en valor la sostenibilidad pero también la historia y la cultura del valle.
La presentación
fue un éxito. Einar, con mi ayuda, logró transmitir su pasión por la montaña y
su respeto por la comunidad local. El
proyecto de la nueva ruta de senderismo fue aprobado con entusiasmo, y Einar y
yo nos convertimos en un referente de cómo el diálogo y la colaboración pueden
superar cualquier obstáculo.
En nuestro
último paseo juntos por el valle, antes de que Einar regresara a Estocolmo, nos
detuvimos frente a la ermita de Sant Gil.
—¿Te acuerdas de
lo que me dijiste sobre el deseo que siempre se cumple?— me preguntó Einar, con
una sonrisa que iluminó su rostro.
—Sí, me acuerdo.
—Mi deseo ya se
ha cumplido. He encontrado un valle único, y a una mujer única.
Einar se inclinó
y me dio un beso suave en los labios, un beso que selló nuestra promesa de amor
y de futuro, un futuro en el que el
valle de Núria, este rincón mágico de los Pirineos, siempre sería nuestro
hogar.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El sábado, 15 de agosto
de 2026.
En Badalona.







