martes, 1 de septiembre de 2026

¡Nuevo cuento escrito por mí!

 EL ARCHIVO DE LEO

CUENTO BREVE

 

Leo recorrió con la yema del dedo el esquema de nodos y conexiones trazado en su bitácora. A sus treinta años, como ingeniero de sistemas de asistencia, la autonomía no era una abstracción ni una casualidad: era un problema de arquitectura que requería soluciones precisas.

 

—Si sigues apretando el trazo de ese algoritmo, vas a traspasar el papel —comentó Dainara, apoyándose en el quicio de la puerta de la terraza con dos tazas de café humeante.

 

Leo alzó la cabeza, acomodándose las gafas con un gesto pausado mientras sostenía el cuaderno abierto frente a ella.

 

—No es solo un algoritmo, Dainara. Es la arquitectura de control de la interfaz —explicó Leo, señalando la red geométrica de la página—. La telemetría que instalé en el joystick responde bien, pero si quiero integrar el módulo hidrodinámico para la tabla de surf adaptada, necesito que el sistema filtre las perturbaciones del oleaje en tiempo real.

 

Dainara dejó una de las tazas sobre la mesa auxiliar, junto a una mochila de cuero desgastado que reposaba cerca de las jardineras. Echó un vistazo al boceto de la esquina superior, donde Leo aparecía sobre una ola, maniobrando con un panel digital.

 

—Te conozco desde la facultad, Leo, y sigues empeñado en parametrizar el mar —dijo ella con una media sonrisa—. ¿Y el vector del avión? Supongo que es la ruta de esta tarde.

 

—A las tres en punto —confirmó él, deslizando el pulgar sobre la pantalla táctil integrada en el reposabrazos para ejecutar la prueba de diagnóstico—. Presento la patente del sistema de navegación contextual en la cumbre de accesibilidad. Si la comisión valida la arquitectura de la red, la semana que viene probamos el prototipo en mar abierto.

 

—El Atlántico no suele ser un entorno muy tolerante con los errores de código —advirtió Dainara, observando el horizonte.

 

—El código está blindado —replicó Leo con serenidad, cerrando el cuaderno de un firme movimiento—. La tecnología no está para esquivar el entorno, sino para devolvernos la libertad que la infraestructura nos resta.

 

El estruendo sordo de un reactor cruzó el cielo costero. Ambos levantaron la vista hacia la silueta metálica que ascendía entre las nubes.

 

—Hardware, sensores de repuesto y la bitácora técnica —dijo Leo, señalando la mochila de piel—. Todo empaquetado con precisión milimétrica.

 

—¿Listo para la prueba de estrés? —preguntó Dainara.

 

—Siempre —sonrió Leo, activando el motor de su silla—. El modelo teórico ya está terminado; ahora toca medir la resistencia en el mundo real.

FIN

 

 

Escrito por Jessica Bao Perez.

El martes, 1, de septiembre de 2026.

En Badalona.

¡Cuento escrito por mí!

EL ATLAS DE SOFÍA
CUENTO BREVE

Sofía contemplaba el diagrama de nodos y vectores que acababa de trazar en las páginas de su cuaderno de bitácora. A sus veintiocho años, como ingeniera de diseño inclusivo y desarrolladora de tecnología adaptada, sabía que la independencia no era un concepto abstracto: era una ecuación que requería resolución técnica.

—¿Sigue siendo el algoritmo de tracción o ya estás diseñando la suspensión para marejadas? —preguntó Elena, apoyada en el marco de la puerta con dos tazas de café en la mano.
Sofía alzó la vista, ajustándose las gafas con una leve sonrisa mientras sujetaba el cuaderno.

—Ambas cosas —respondió Sofía, indicándole con un gesto la página ilustrada—. La telemetría del control de mando que instalé en la silla funciona, pero si quiero adaptar el módulo para la tabla de surf, necesito que la interfaz de la tableta compense el balanceo hidrodinámico. Mira este esquema de red.

Elena dejó una de las tazas sobre la mesa auxiliar, cerca de la mochila de cuero que descansaba junto a unas flores, y echó un vistazo a las anotaciones.

—Te conozco desde la universidad, Sofía, y sigues intentando digitalizar el océano —comentó con una risa contenida—. ¿Y la ilustración del avión en la esquina superior? ¿Es el vuelo de mañana?

—Sí. Volamos a las diez —contestó Sofía mientras interactuaba con el panel integrado en el reposabrazos de su silla motorizada para verificar el estado del equipaje—. Presento la patente del sistema en el congreso de Biarritz. Si el prototipo pasa las pruebas de la comisión, la semana que viene probaré la tabla adaptada directamente en el Atlántico.

—Biarritz en otoño... Las olas no perdonan —advirtió Elena, observando el dibujo de Sofía en la parte superior, donde se la veía maniobrando sobre el agua con gafas de sol y el dispositivo de control en la mano.

—La física tampoco perdona, Elena, y aun así la usamos a nuestro favor —replicó Sofía con aplomo, cerrando el cuaderno con un golpe seco pero cuidadoso—. No estoy buscando un paseo tranquilo. Estoy buscando demostrar que la tecnología puede devolvernos la fluidez que el entorno nos resta.

Un sonido sordo cruzó el cielo exterior. Ambas miraron instintivamente por la ventana hacia la silueta de un avión comercial que cruzaba las nubes sobre el paisaje costero.

—¿Tienes todo preparado en la mochila? —preguntó Elena, señalando la bolsa de piel.

—Hardware, sensores de repuesto y la bitácora —dijo Sofía mientras impulsaba suavemente su silla hacia adelante—. El resto lo resolveremos sobre la marcha.

—¿En el agua o en la presentación?

—En ambas —sonrió Sofía, encendiendo la pantalla de control—. El código ya está escrito. Ahora solo falta probar la resistencia al impacto.

FIN




Escrito por Jessica Bao Perez.
El martes, 1 de septiembre de 2026.
En Badalona.

¡¡Poema del mes!!

 ¡Espero que os guste y lo disfrutéis!

La poética


viernes, 28 de agosto de 2026

¡¡Cuento nuevo hecho por mí!!

 ¡Espero que os guste y lo disfrutéis!


UN VERANO EN SAN ANDRÉS DEL PALOMAR

CUENTO BREVE


Las tardes de julio envolvían a San Andrés del Palomar en un bochorno dorado. A mis treinta y dos años, tras volar desde la fría Montreal, buscaba en este histórico barrio barcelonés un cielo despejado para trazar mis cartas astrales. Yo, Éliette Vang, de tez pálida, melena rizada teñida de cobrizo y ojos rasgados, siempre he sido una persona observadora, analítica y algo solitaria. Mi trabajo como astróloga exige conciliar la precisión matemática de los astros con la intuición humana.

 

El azar, o quizás la gravedad, decidió que tropezara tres veces en la misma semana con la misma persona. La primera fue frente a la majestuosa Parroquia de Sant Andreu de Palomar, contemplando su imponente cúpula que parece desafiar las nubes; la segunda, en la Plaza del Comercio; y la tercera, bajo los techos de obra vista de la antigua fábrica Fabra i Coats, un complejo industrial reconvertido en centro cultural cuyas altas chimeneas de ladrillo rojo recuerdan el esplendor obrero del pasado.

Ahí me armé de valor para hablarle. Él era Jan Zima, un hombre de treinta y siete años procedente de Praga. Jan poseía una constitución atlética, barba tupida bien recortada y unos profundos ojos verdes envueltos en arrugas de expresión que revelaban un temperamento paciente, metódico pero extraordinariamente cálido.

—Parece que los astros insisten en cruzar nuestros pasos —le dije, sonriendo sobre mi cuaderno.

—O tal vez la geometría de este barrio nos conduce involuntariamente al mismo centro —respondió él con una voz grave y tranquila—. Soy dendrocronólogo, analizo la historia del clima a través de los anillos de crecimiento de los árboles.

Nos sentamos a conversar durante horas. Me fascinó de Jan su capacidad para leer el tiempo en la madera, del mismo modo que a él le sedujo mi hábito de interpretar el universo en las constelaciones. Nos enamoramos en las caminatas por las callejuelas peatonalizadas, compartiendo un gusto mutuo por la serenidad y las conversaciones profundas de adultos que ya conocen sus propias luces y sombras.

Sin embargo, la intriga empañó la idoneidad del romance. Un mediodía, mientras Jan pedía unas bebidas en una terraza, hojeé por error su libreta. Descubrí bocetos detallados de varios portales del barrio, horarios nocturnos marcados en rojo y anotaciones como "extracción sigilosa a medianoche". Mi mente inquisitiva formuló la peor sospecha: ¿estaba Jan involucrado en actividades ilícitas? ¿Era su profesión solo una fachada?

 

Decidí usar la lógica antes de juzgar. La noche siguiente lo seguí a cierta distancia hasta el parque de la Pegaso. Al verlo agachado junto a un viejo eucalipto con una linterna, me acerqué directamente para confrontar el lío.

—Jan, ¿qué significan esas notas y estos horarios furtivos? —pregunté con firmeza.

Él levantó la mirada, sorprendido, y luego dejó ir una risa suave.

—Éliette, extraigo muestras de madera con una barrena hueca que no daña el árbol. Lo hago a esta hora porque el tráfico cesa y las vibraciones no alteran la precisión de mis herramientas. Las notas son mapas de los ejemplares más antiguos de San Andrés.

El malentendido se disipó al instante, dando paso a una conmovedora complicidad. Jan tomó mis manos bajo la luz de las farolas y confesó que deseaba que nuestros caminos, trazados desde rincones tan distantes del mundo, no volvieran a separarse jamás. Nos besamos con la certeza de que habíamos encontrado nuestro lugar en el mapa.

FIN

 

Escrito por Jessica Bao Perez.

El viernes, 28, de agosto de 2026.

En Badalona.

miércoles, 26 de agosto de 2026

¡Nuevo cuento escrito por mí!

 EL MUSEO DEL RÍO

CUENTO BREVE

Cada día, mi vida transcurría en un paseo largo y ancho al lado de un río caudaloso y sereno. Era un ir y venir constante de gente: personas andando a paso ligero, corredores con zancadas rítmicas, ciclistas sorteando obstáculos con agilidad... Y yo, Anya, estaba allí para vigilarlo todo. Desde que tenía memoria, las paredes que bordeaban el río no habían sido más que un lienzo en blanco, refrescado anualmente con una simple capa de pintura blanca. Pero yo, Anya, de mirada curiosa y alma soñadora, siempre había imaginado que esas paredes podían contar historias más allá de lo que el agua del río recordaba.

Físicamente, yo era alta y esbelta, con el cabello castaño recogido en una coleta desenfadada y los ojos de un azul intenso que reflejaban el cielo que se extendía sobre el río. Mi vestimenta era práctica pero con un toque personal, con prendas cómodas que me permitían moverme con soltura y un pañuelo de colores brillantes atado a la muñeca que contrastaba con la monotonía del paisaje. Internamente, yo era una persona observadora y empática, con una sensibilidad especial para percibir los detalles que otros pasaban por alto. Me gustaba perderme en mis pensamientos, imaginando mundos posibles y soñando con transformaciones que llenaran de vida los espacios grises de la ciudad.

 

Un buen día, la monotonía se rompió de forma inesperada. Al llegar a mi puesto de vigilancia, me quedé sin aliento. Las paredes del río, antes mudas y sin vida, estaban cubiertas por una explosión de colores y formas. Decenas de murales pintados con destreza y pasión adornaban el hormigón, transformando el paisaje urbano en una galería de arte al aire libre. La escena parecía sacada de un sueño, una obra maestra colectiva que cobraba vida ante mis propios ojos.

Mi curiosidad se encendió de inmediato. ¿Quién había creado esta maravilla? ¿Y cómo lo habían logrado sin que nadie se diera cuenta? Me dispuse a desenmascarar a los misteriosos artistas detrás de esta intervención urbana, decidida a descubrir la historia que se ocultaba tras los pinceles y los aerosoles.

Mis pesquisas me llevaron a conocer a Jan Kozłowski, un hombre de aspecto enigmático y sonrisa contagiosa. Jan era un calígrafo de profesión, un oficio poco común que reflejaba su paciencia y su atención al detalle. Físicamente, era alto y delgado, con el cabello oscuro y alborotado y unos ojos expresivos que denotaban una profunda sensibilidad artística. Su forma de vestir era casual pero con un toque elegante, combinando prendas de tonos neutros con accesorios de cuero y metal que le daban un aire bohemio. Internamente, Jan era una persona reservada y reflexiva, con una pasión desmedida por el arte y una visión singular del mundo que lo rodeaba. Me gustaba su calma y su forma de escuchar, su capacidad para encontrar belleza en los lugares más insospechados y su determinación para convertir sus sueños en realidad.

Jan y yo nos encontramos en varias ocasiones en el paseo del río, coincidiendo en el mismo sitio y compartiendo nuestras impresiones sobre los murales. Al principio, hubo un malentendido entre nosotros. Yo sospechaba que Jan era uno de los artistas que había pintado los murales y él se sentía intimidado por mi insistencia en descubrir la verdad. Sin embargo, poco a poco, fuimos superando nuestras diferencias y conociéndonos más profundamente.

 

A medida que pasaban los días, Jan y yo nos sinceramos uno con el otro. Él me confesó que era el creador de los murales, un proyecto que había estado planeando durante años y que había llevado a cabo en secreto con la ayuda de un grupo de amigos artistas. Yo le conté mis sueños de transformar el paseo del río en un espacio cultural y él me enseñó a apreciar el arte urbano en toda su complejidad.

Con el tiempo, Jan y yo nos enamoramos. Nos gustaba pasar tiempo juntos en el paseo del río, admirando los murales y compartiendo nuestras visiones para el futuro del proyecto. BesArt, como Jan había bautizado a su creación, se convirtió en un símbolo de regeneración urbana y cultural, un punto de encuentro entre arte, biodiversidad y ciudadanía. Y Jan y yo, unidos por nuestra pasión por el arte y nuestro amor mutuo, nos convertimos en los guardianes de este museo del río, un legado que perduraría por generaciones.

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El miércoles, 26, de agosto de 2026.

En Badalona.

Dedicado a los dibujos y pinturas murales, que llenan las paredes del Parque fluvial del Río Besòs de Barcelona, Sant Adrià de Besòs y Santa Coloma de Gramenet. Al que voy muy a menudo.

sábado, 22 de agosto de 2026

¡¡De exposición!!

La podéis ver en el Centro de arte de Santa Mònica, desde el 18 de marzo, al 27 de septiembre de 2026. 

Ésta, gira en torno a cómo el arte ha funcionado siempre como una máquina de producir engaños, moldeando sin que nos demos cuenta, nuestros deseos y lo que asumimos como “realidad”.

Me pareció impresionante la forma en que aborda la posverdad (Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales) y las dinámicas de poder que se esconden detrás de estas ficciones. El recorrido te va sumergiendo de lleno en la sofisticación y opacidad de esas técnicas para que entiendas la trampa desde adentro.

En conclusión, históricamente, el arte ayudó a construir estas ilusiones, pero hoy, en un mundo saturado de deepfakes (Vídeos manipulados, que se crean para engañar a los espectadores, haciéndoles creer que una persona específica, ya sea anónima o una figura pública, está llevando a cabo declaraciones o acciones que nunca tuvieron lugar). E inteligencia artificial, ¿no debería su papel ser justamente el contrario y dedicarse a desmantelarlas? 

Está bastante bien, aunque no la entendí mucho.
 

¡¡Cuarto ☽ libro 📙 del verano 🏖!!

Mi refugio y mi tormenta, de Arundhati Roy (2025)

Antes de ayer, jueves, 20, de agosto, después de ¡10 días! He acabado de leer mi cuarto libro del verano. Me lo ha dejado mi vecina, Isabel.

Está dividido en cuarenta y dos capítulos, en los que Arundhati, la autora, destrozada por la muerte de su madre y, al mismo tiempo, desconcertada y «más que un poco avergonzada» por la intensidad de su reacción, ésta comenzó a escribir estas memorias en un intento de comprender sus sentimientos hacia la madre de la que huyó a los dieciocho años, «no porque no la amara, sino para poder seguir amándola».

Así empieza esta historia asombrosa, el libro que Roy lleva «escribiendo toda la vida», un texto radicalmente honesto, divertido y profundamente conmovedor. Con la amplitud, el alcance y la profundidad de novelas tan icónicas como El dios de las pequeñas cosas, este libro es un canto a la libertad y un homenaje al amor espinoso, un último abrazo entre madre e hija.

Está bien, desde el punto de vista de las relaciones madre - hija y también de la situación política durante esos años de los que habla la autora, en la India. Me gustó la parte en la que habla de, a pesar de ser pobre y una mujer, pudo estudiar e ir a la universidad y, la de que, su madre fundó una escuela, pero, por otro lado, realmente no me gustó nada, porque sólo habla de su madre y, eso, se hace muy pesado.