EL MUSEO DEL RÍO
CUENTO BREVE
Cada día, mi
vida transcurría en un paseo largo y ancho al lado de un río caudaloso y
sereno. Era un ir y venir constante de gente: personas andando a paso ligero,
corredores con zancadas rítmicas, ciclistas sorteando obstáculos con
agilidad... Y yo, Anya, estaba allí para vigilarlo todo. Desde que tenía
memoria, las paredes que bordeaban el río no habían sido más que un lienzo en
blanco, refrescado anualmente con una simple capa de pintura blanca. Pero yo,
Anya, de mirada curiosa y alma soñadora, siempre había imaginado que esas
paredes podían contar historias más allá de lo que el agua del río recordaba.
Físicamente, yo
era alta y esbelta, con el cabello castaño recogido en una coleta desenfadada y
los ojos de un azul intenso que reflejaban el cielo que se extendía sobre el
río. Mi vestimenta era práctica pero con un toque personal, con prendas cómodas
que me permitían moverme con soltura y un pañuelo de colores brillantes atado a
la muñeca que contrastaba con la monotonía del paisaje. Internamente, yo era
una persona observadora y empática, con una sensibilidad especial para percibir
los detalles que otros pasaban por alto. Me gustaba perderme en mis
pensamientos, imaginando mundos posibles y soñando con transformaciones que
llenaran de vida los espacios grises de la ciudad.
Un buen día, la
monotonía se rompió de forma inesperada. Al llegar a mi puesto de vigilancia,
me quedé sin aliento. Las paredes del río, antes mudas y sin vida, estaban
cubiertas por una explosión de colores y formas. Decenas de murales pintados
con destreza y pasión adornaban el hormigón, transformando el paisaje urbano en
una galería de arte al aire libre. La escena parecía sacada de un sueño, una
obra maestra colectiva que cobraba vida ante mis propios ojos.
Mi curiosidad se
encendió de inmediato. ¿Quién había creado esta maravilla? ¿Y cómo lo habían
logrado sin que nadie se diera cuenta? Me dispuse a desenmascarar a los
misteriosos artistas detrás de esta intervención urbana, decidida a descubrir
la historia que se ocultaba tras los pinceles y los aerosoles.
Mis pesquisas me
llevaron a conocer a Jan Kozłowski, un hombre de aspecto enigmático y sonrisa
contagiosa. Jan era un calígrafo de profesión, un oficio poco común que
reflejaba su paciencia y su atención al detalle. Físicamente, era alto y
delgado, con el cabello oscuro y alborotado y unos ojos expresivos que
denotaban una profunda sensibilidad artística. Su forma de vestir era casual
pero con un toque elegante, combinando prendas de tonos neutros con accesorios
de cuero y metal que le daban un aire bohemio. Internamente, Jan era una
persona reservada y reflexiva, con una pasión desmedida por el arte y una
visión singular del mundo que lo rodeaba. Me gustaba su calma y su forma de
escuchar, su capacidad para encontrar belleza en los lugares más insospechados
y su determinación para convertir sus sueños en realidad.
Jan y yo nos
encontramos en varias ocasiones en el paseo del río, coincidiendo en el mismo
sitio y compartiendo nuestras impresiones sobre los murales. Al principio, hubo
un malentendido entre nosotros. Yo sospechaba que Jan era uno de los artistas
que había pintado los murales y él se sentía intimidado por mi insistencia en
descubrir la verdad. Sin embargo, poco a poco, fuimos superando nuestras
diferencias y conociéndonos más profundamente.
A medida que
pasaban los días, Jan y yo nos sinceramos uno con el otro. Él me confesó que
era el creador de los murales, un proyecto que había estado planeando durante
años y que había llevado a cabo en secreto con la ayuda de un grupo de amigos
artistas. Yo le conté mis sueños de transformar el paseo del río en un espacio
cultural y él me enseñó a apreciar el arte urbano en toda su complejidad.
Con el tiempo,
Jan y yo nos enamoramos. Nos gustaba pasar tiempo juntos en el paseo del río,
admirando los murales y compartiendo nuestras visiones para el futuro del
proyecto. BesArt, como Jan había bautizado a su creación, se convirtió en un
símbolo de regeneración urbana y cultural, un punto de encuentro entre arte,
biodiversidad y ciudadanía. Y Jan y yo, unidos por nuestra pasión por el arte y
nuestro amor mutuo, nos convertimos en los guardianes de este museo del río, un
legado que perduraría por generaciones.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El miércoles, 26, de agosto
de 2026.
En Badalona.
Dedicado a los dibujos
y pinturas murales, que llenan las paredes del Parque fluvial del Río Besòs de Barcelona,
Sant Adrià de Besòs y Santa Coloma de Gramenet. Al que voy muy a menudo.






