domingo, 16 de agosto de 2026

¡Pelis 📽 tardes finde!

Tandem - El miedo en el cuerpo (2018)

Emitida ayer tarde, sábado, 15, de agosto de 2026, en tv3.

Céline Ducourneau aparece tendida en su terraza y está en coma. Fue una mujer maltratada a la que una asociación dio la oportunidad de rehacer su vida en Montpellier. Como el exesposo sigue en prisión, y todo apunta a un simple accidente de jardinería, Leah está a punto de cerrar el caso. Es entonces cuando se sorprende al descubrir un rostro familiar entre las personas que llamaron a Celine la mañana de su muerte.

Está bastante bien, intriga, crimen y policíaca. ¡Me encantó!

Tandem - Resurrección (2018)

Emitida esta tarde, domingo, 16, de agosto de 2026, en tv3.

La dueña de la jabonería Galtier perdió a su marido hace ocho años cuando el hombre cayó en un depósito de sosa de la fábrica.  Su segundo marido aparece muerto de un golpe en la cabeza en la misma fábrica.

Está muy bien, intriga, crimen y policíaca. ¡Me encantó!

sábado, 15 de agosto de 2026

¡¡Último cuento mío!

 UN VERANO EN RIPOLL

CUENTO BREVE

 

Me llamo Yadira Viteri. Tengo 29 años y nací en Quito, Ecuador, aunque mi profesión me obliga a vivir con la maleta hecha. Soy paleobotánica especializada en la conservación y análisis de esporas de musgos extintos en estructuras medievales. Físicamente, soy de estatura media, de tez morena clara, con una abundante cabellera rizada de color castaño oscuro y unos ojos ámbar muy expresivos. En lo interno, me considero una persona analítica, profundamente observadora, cautelosa con las emociones apresuradas, pero apasionada por la belleza silente de las cosas antiguas.

 

Aquel verano decidí instalarme en Ripoll, la capital del Ripollès, resguardada entre las majestuosas montañas de los Pirineos catalanes. El entorno me atrapó desde el primer minuto: la confluencia cristalina de los ríos Ter y Freser abrazaba una villa rica en vegetación húmeda, aliento de pino y un silencio matutino roto solo por el canto de las aves y el repicar de las campanas. Ripoll destilaba historia en cada sillar de piedra, dominada por la omnipresente y soberbia silueta del Monasterio de Santa María de Ripoll.

 

Mi rutina en el monasterio consistía en tomar muestras microscópicas en el claustro. Fue allí donde lo vi por primera vez. Estaba inclinado cerca de una columna, sosteniendo un diapasón y un pequeño sonómetro digital.

 

Se llamaba Zyan Kurosawa, de 31 años, originario de Kioto, Japón. Zyan era alto, de complexión atlética, con el cabello negro algo despeinado, tez clara y unos ojos rasgados de un tono café profundo que transmitían una calma serena. Su trabajo era tan inusual como el mío: se dedicaba a la ingeniería de sonido arquitectónico y a la afinación de frecuencias de campanas monumentales. Introspectivo, con un sentido del humor sutil y una capacidad de escucha prodigiosa, Zyan observaba el mundo a través del oído, mientras yo lo hacía a través de la materia.

 

Pronto descubrimos que nuestras visitas no eran casuales; nos encontrábamos a diario en los mismos lugares. Coincidíamos a primera hora en la confluencia de los ríos, luego en el scriptorium y por la tarde en el puente de piedra.

 

—Parece que los dos seguimos la sombra de los mismos siglos, Yadira —me dijo una mañana con una sonrisa franca, mientras nos deteníamos frente a la monumental portada románica del siglo XII.

 

—O quizás es que Ripoll es un pañuelo de piedra y agua, Zyan —le respondí, fascinada por su timbre de voz grave.

 

Nos quedamos contemplando la majestuosa fachada tallada en piedra arenisca. Le hablé de los detalles microscópicos de los relieves, donde reyes, profetas y bestias fantásticas parecían cobrar vida bajo la luz dorada del atardecer; él me describió cómo la acústica del pórtico amplificaba el eco de los transeúntes creando una resonancia armónica perfecta. Nos enamoramos en las pausas de nuestras conversaciones, fascinados el uno por el otro. A mí me encandilaba su paciencia infinita y esa forma tan poética de traducir el sonido en emoción; a él le fascinaba mi rigor científico, mi devoción por el detalle y la calidez con la que explicaba la vida invisible de las plantas.

 

Sin embargo, la armonía se rompió bruscamente una tarde de julio. El archivero de la villa anunció consternado que un valioso manuscrito del siglo XIV, que contenía registros de tonos de fundición y notas botánicas medievales, había desaparecido de la sala de consulta. Esa misma mañana, yo había visto a Zyan guardar apresuradamente unos legajos en su carpeta de cuero dentro de una zona restringida del archivo.

 

Un velo de sospecha y tensión empañó mi juicio. ¿Había aprovechado nuestra cercanía y su acceso al edificio para sustraer el documento? La idea de haber confiado en alguien manipulador me oprimía el pecho. Decidí no acusarlo sin pruebas y apliqué la lógica que utilizaba en mi trabajo. Revisé el registro de entrada del archivo, hablé con el personal de limpieza y examiné el catálogo de préstamos internos.

 

Al día siguiente, abordé a Zyan junto al río Freser.

 

—Zyan, necesito que seas honesto conmigo —le dije, mirándolo fijamente a los ojos—. Ayer te vi en la sección restringida guardar unos papeles antiguos. El manuscrito del siglo XIV ha desaparecido y no quiero pensar lo peor.

 

Zyan me miró primero con sorpresa y luego con una serenidad insondable. Abrió su maletín de cuero y extrajo un conjunto de planos modernos de frecuencia.

 

—Yadira, jamás tocaría un documento histórico sin autorización —dijo suavemente—. Ayer estaba guardando los esquemas acústicos de las bóvedas que el propio archivero me encargó medir. Si el pergamino no está en su vitrina, estoy seguro de que se trata de un traspaso de conservación. Ayer vi a la restauradora oficial tomar muestras de humedad en ese mueble.

 

Avergonzada por mi precipitación, acompañé a Zyan de vuelta al archivo. Tras consultar a la restauradora principal, confirmamos la hipótesis de Zyan: el manuscrito había sido trasladado a la cámara de desecación la tarde anterior para evitar que el hongo de la humedad lo deteriorara.

 

—Siento mucho haber dudado de ti, Zyan —le confesé a la salida, rodeados por el murmullo del agua—. Mi mente analítica a veces busca patrones donde solo hay coincidencias.

 

Él me tomó la mano con dulzura.

—No pidas perdón, Yadira. Valoro tu honestidad y tu deseo de proteger la historia. Eso solo me demuestra la clase de mujer apasionada e íntegra que eres.

 

Aquel malentendido, lejos de distanciarnos, selló definitivamente nuestra complicidad. Comprendimos que nuestros caminos, aunque iniciados en Quito y Kioto, habían encontrado su centro de gravedad en la tranquilidad de Ripoll.

 

El verano llegó a su fin, pero no nuestra historia. Diseñamos un proyecto interdisciplinario para estudiar la conservación acústica y botánica en catedrales de América Latina y Asia, asegurándonos de recorrer el mundo juntos. Nos despedimos de la villa románica con un cálido abrazo sobre el puente de los ríos, sabiendo que Ripoll no había sido solo un destino de trabajo, sino el lugar donde aprendimos a escuchar y observar el amor.

 

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El sábado, 15, de agosto de 2026.

En Badalona.

¡Nuevo cuento mío!

UN VERANO EN CAMPDEVÀNOL

CUENTO BREVE

Me llamo Brenda Qually, tengo 35 años y soy restauradora de pergaminos antiguos, un trabajo que me apasiona y que me lleva a viajar por todo el mundo para recuperar tesoros del pasado. Soy una mujer alta, de cabello castaño y ojos verdes, con una mirada curiosa y una sonrisa que siempre está dispuesta a aparecer. Me gusta la soledad de los pueblos pequeños, donde el tiempo parece detenerse y la historia se respira en cada rincón. Por eso, decidí pasar el verano en Campdevànol, un pueblo encantador situado en los Pirineos catalanes, rodeado de montañas frondosas y aguas cristalinas.

 

Desde el primer día, me enamoré del pueblo. Me gustaba pasear por sus calles estrechas y empedradas, visitar la iglesia románica de Sant Cristòfol y contemplar el río Ripoll que lo atraviesa. La tranquilidad me permitía concentrarme en mi trabajo, que requería paciencia y precisión. Me sentía en paz en Campdevànol, un lugar donde podía conectar con la naturaleza y la historia.

 

Un día, mientras visitaba el castillo de Campdevànol, me encontré con un hombre que estaba tocando un extraño instrumento de viento. Era alto, de cabello negro y ojos oscuros, con una mirada profunda y una sonrisa contagiosa. Me acerqué a él y le pregunté qué instrumento estaba tocando.

—Es un instrumento que yo mismo he fabricado —me contestó con orgullo. —Me llamo Zyan Olow, tengo 38 años y soy artesano de instrumentos musicales. Utilizo materiales reciclados para crear nuevos sonidos.

Me quedé fascinada por su trabajo. Zyan me contó que vivía en una pequeña cabaña en las afueras del pueblo y que pasaba sus días buscando materiales y creando instrumentos. Nos pasamos horas hablando de música, historia y artesanía. Descubrimos que teníamos muchas cosas en común y que nos gustaba pasar tiempo juntos.

En los días siguientes, nos encontramos repetidamente en los rincones más históricos de Campdevànol. Visitamos la iglesia de Sant Cristòfol, el castillo y los alrededores del pueblo. Zyan me enseñó a tocar algunos de sus instrumentos y yo le hablé de mi trabajo como restauradora. Nos enamoramos poco a poco, sin darnos cuenta.

Sin embargo, un día, mientras yo estaba trabajando en mi pergamino, me di cuenta de que me faltaba un pequeño trozo de material. Me asusté y pensé que Zyan me lo había robado para utilizarlo en uno de sus instrumentos. Me sentí traicionada y enfadada.

Fui a buscar a Zyan a su cabaña y le acusé de haber robado el material. Él me miró con sorpresa y confusión.

—Yo no he robado nada, Brenda —me dijo. —He estado buscando materiales en la basura, pero nunca me llevaría algo que no es mío.

Le creí, pero todavía estaba enfadada. Me sentía herida por la posibilidad de que él me hubiera robado. Pasaron varios días sin que nos viéramos.

 

Una tarde, mientras estaba paseando por el pueblo, me encontré con Zyan. Se acercó a mí y me dijo que había encontrado el material que me faltaba.

—Lo encontré en la papelera de la iglesia —me explicó. —Me di cuenta de que te lo habías dejado olvidado.

Me sentí avergonzada por haber sospechado de él. Le pedí perdón y le di las gracias por haber encontrado el material.

—No tienes que pedir perdón, Brenda —me dijo. —Entiendo que estuvieras asustada. Lo importante es que todo se ha solucionado.

Nos abrazamos y nos dimos cuenta de que nuestro amor era más fuerte que cualquier malentendido. Pasamos el resto del verano juntos, disfrutando de la compañía del otro y de la belleza de Campdevànol.

 

Al final del verano, tuve que partir a una nueva restauración en otra ciudad. Zyan y yo nos prometimos que mantendríamos la conexión a pesar de la distancia. Sabíamos que nuestro amor era real y que podíamos superar cualquier obstáculo.

Meses después, nos reencontramos en una ciudad histórica de Italia. Nos abrazamos con fuerza y nos dimos cuenta de que lo que habíamos encontrado en Campdevànol era algo especial, algo que valía la pena conservar. Sabíamos que nuestro amor era para siempre.

FIN

 

Escrito por Jessica Bao Perez.

El sábado, 15, de agosto de 2026.

En Badalona.

¡¡Nuevo cuento escrito por mí!!

VALLE DE NÚRIA. UN VALLE ÚNICO

CUENTO BREVE

 

Mis manos, callosas por años de guiar la máquina que domina la pendiente, acariciaban el volante del tren cremallera con la familiaridad de un viejo amigo.  Era la primera hora de la mañana, el aire de los Pirineos Gerundenses mordía mi rostro con un dulzor vigorizante. Mi nombre es Núria Quintana, heredera de un linaje que ha habitado estas tierras mucho antes de que el turismo pintara de colores los senderos de la Vall de Núria.  Mi piel, curtida por el sol y el frío,  es el espejo de mis cincuenta y cuatro años de vida dedicada a este lugar.  En mi interior, una serenidad parecida a la de los picos que me rodeaban, se mezclaba con una pasión por la historia de este valle que corría por mis venas como el torrente del río Freser.

Fue en uno de esos ascensos matutinos, cuando el cremallera gemía con fuerza superando los desniveles, que su mirada se cruzó con la mía. Él era Einar Nilsson, un ingeniero sueco de sesenta y dos años, con los ojos azules del cielo de invierno de su tierra y una barba blanca que le confería un aire de sabiduría y experiencia.  Trabajaba como consultor internacional en la gestión sostenible de ecosistemas de montaña, y había venido a Núria, atraído por la singularidad de este valle glaciar,  único por su accesibilidad, pero que a la vez conservaba su esencia salvaje.

Nuestros mundos no podían ser más diferentes. Yo, arraigada a estas montañas, narrando a los viajeros la leyenda de Sant Gil y el origen del nombre del valle,  un nombre que según dicen, proviene del vasco "uri", pueblo, "a", agua,  evocando los orígenes pastoriles y sagrados de este lugar antes de que el telecabina y la estación de esquí se convirtieran en parte de su paisaje.  Él, un ciudadano del mundo, que vivía entre Estocolmo y conferencias internacionales, que veía la montaña como un puzle de datos, sostenibilidad e infraestructuras.

Sin embargo, en ese primer cruce de miradas, en medio de la sinfonía de la naturaleza y el traqueteo del tren, algo surgió.  Él me preguntó sobre la geología de las rocas que flanqueaban la vía, y yo, sorprendida por su genuino interés, le hablé de las fuerzas que habían esculpido este paisaje a lo largo de milenios.

—Su tren es un prodigio de ingeniería en un entorno tan delicado— me dijo en un castellano con un ligero acento escandinavo, pero con una convicción que me cautivó.

—Es más que una máquina— le respondí con orgullo, es el vínculo que une Ribes de Freser con el corazón del valle, una forma de respetar la montaña sin herirla.

Einar se convirtió en un pasajero habitual en mis viajes.  Nuestras conversaciones se alargaron. Me habló de su infancia en los fiordos noruegos, de su pasión por la fotografía de naturaleza y de su constante búsqueda de equilibrio entre el progreso humano y la preservación del medio ambiente.  Yo le hablé de mi familia, de cómo mi abuelo había trabajado en la construcción de la vía, de cómo había visto cambiar el valle, de la ermita de Sant Gil, donde mi madre solía tirar una piedrecita pidiendo un deseo, un deseo que siempre se cumplía.

Paseamos por el borde del lago, sus aguas cristalinas reflejando el cielo y las cumbres circundantes.  Me impresionó su conocimiento de la flora y fauna local, y él se dejó llevar por mi relato de la historia y las leyendas que habitaban cada rincón del valle.  Subimos juntos en el telecabina hasta el Pic de l’Àliga, y desde allí, con el valle a nuestros pies, me susurró:

—Este lugar tiene una energía especial, una paz que rara vez he encontrado en mis viajes.

—Es la magia de Núria— le respondí, una magia que se cuela en el alma de quien sabe escucharla.

Pero el destino nos tenía preparada una prueba.  Un malentendido técnico en la gestión de una nueva ruta de senderismo en la que Einar estaba asesorando,  generó tensiones con los responsables de la estación de esquí, y por extensión, con la comunidad local.  Einar, un perfeccionista por naturaleza, se sintió frustrado por la burocracia y la falta de visión a largo plazo,  lo que le llevó a distanciarse y a pasar más tiempo en su despacho improvisado en el hotel del valle.

Yo, herida por su aparente indiferencia y por los rumores que circulaban sobre sus propuestas que algunos consideraban demasiado radicales,  me volví más retraída.  Nuestras miradas ya no se buscaban. El valle, que antes nos había unido, parecía ahora un recordatorio de nuestra separación.

 

Un día, en el cremallera, me encontré con un grupo de ecologistas locales que protestaban contra los planes de Einar.  Sus gritos resonaban en el vagón, y sentí una punzada de dolor en el corazón. Sabía que Einar solo quería lo mejor para el valle, pero sus métodos habían sido malinterpretados.

Armándome de valor, me dirigí a su despacho. Estaba rodeado de mapas y planos, su rostro cansado y demacrado.

—Einar, tenemos que hablar— le dije, con una voz que temblaba pero con determinación.

Él me miró, y por primera vez en semanas, vi la ternura en sus ojos.

—Núria, lo siento mucho. Me he perdido en mis propios datos y he olvidado lo más importante: la gente que vive aquí, la esencia de este lugar.

—No es tu culpa, Einar. Es un malentendido. Pero tenemos que solucionarlo juntos.

 

Hablamos durante horas. Einar me explicó su visión, yo le conté los miedos y las preocupaciones de los lugareños.  Juntos, diseñamos un plan de comunicación para explicar las propuestas de Einar, un plan que ponía en valor la sostenibilidad pero también la historia y la cultura del valle.

La presentación fue un éxito. Einar, con mi ayuda, logró transmitir su pasión por la montaña y su respeto por la comunidad local.  El proyecto de la nueva ruta de senderismo fue aprobado con entusiasmo, y Einar y yo nos convertimos en un referente de cómo el diálogo y la colaboración pueden superar cualquier obstáculo.

 

En nuestro último paseo juntos por el valle, antes de que Einar regresara a Estocolmo, nos detuvimos frente a la ermita de Sant Gil.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste sobre el deseo que siempre se cumple?— me preguntó Einar, con una sonrisa que iluminó su rostro.

—Sí, me acuerdo.

—Mi deseo ya se ha cumplido. He encontrado un valle único, y a una mujer única.

 

Einar se inclinó y me dio un beso suave en los labios, un beso que selló nuestra promesa de amor y de futuro,  un futuro en el que el valle de Núria, este rincón mágico de los Pirineos, siempre sería nuestro hogar.

FIN

 

Escrito por Jessica Bao Perez.

El sábado, 15 de agosto de 2026.

En Badalona.

miércoles, 12 de agosto de 2026

¡¡Nuevo cuento escrito por mí!!


LA LUZ DEL MAR

CUENTO BREVE


La bruma gallega no se parecía en nada al smog denso de Buenos Aires. Aquí, el aire sabía a sal y a misterio antiguo. Yo, Marianela Solari, subinspectora de la Policía Federal Argentina, a mis treinta años, necesitaba urgentemente esa desconexión. Mi cuerpo, de complexión atlética y curtido en los gimnasios de la fuerza y las guardias eternas, pedía un descanso. Mi mente, siempre alerta, observadora hasta el agotamiento —una deformación profesional que me impedía ver una simple multitud sin buscar patrones sospechosos—, exigía silencio.

Buscaba paz y la encontré, curiosamente, en un lugar diseñado para gritar advertencias: el faro de Finisterre.

Estaba de pie, apoyada en la barandilla de piedra, mirando cómo el Atlántico se estrellaba contra los acantilados con una furia hipnótica. Llevaba una chaqueta táctica ligera y mi cabello castaño, recogido en una coleta tirante, luchaba contra el viento. Mi mirada, esa que mis compañeros decían que podía intimidar a un confeso, estaba relajada.

—Es imponente, ¿verdad? —dijo una voz a mi lado. Era una voz grave, pausada, con un acento gallego que suavizaba cada sílaba.

Me giré. Allí estaba él. Se llamaba Roi Lourenzo, aunque yo aún no lo sabía. Tenía treinta y cuatro años y un aspecto que contrastaba radicalmente con el mío. Era alto, pero un poco encorvado, como si pasara horas sobre libros. Llevaba una barba densa y castaña, algo descuidada, y unas gafas de montura de pasta que enmarcaban unos ojos inteligentes y curiosos. Vestía un jersey de lana deshilachado que gritaba comodidad, no estilo. Pero había algo en su presencia, una calma intrínseca, que me detuvo antes de soltar una respuesta cortante.

—Lo es —respondí, modulando mi tono—. Parece el final del mundo, tal como decían los romanos.

Él sonrió, una sonrisa sincera que le arrugó las comisuras de los ojos.

—En realidad, los romanos no se equivocaban tanto. Para ellos, era el Finis Terrae. Y este faro... bueno, este faro es el heredero de una larga tradición de guías. —Se acomodó las gafas y miró la torre octogonal de mampostería que se alzaba sobre nosotros—. ¿Sabe cuál fue el primero de todos?

—Ni idea —confesé, extrañada por su enfoque histórico.

—El Faro de Alejandría, en el siglo III a.C. —comenzó a explicar Roi, y su voz cobró la pasión de quien ama lo que estudia—. Una maravilla del mundo antiguo. Se construyó en la isla de Faros, de ahí el nombre, claro. Su función era vital: guiar a los barcos hacia el puerto de Alejandría, una ciudad comercial frenética. Imagínese, una torre enorme, de más de cien metros, con una hoguera gigante en la cima y espejos de bronce para reflejar la luz durante el día y el fuego por la noche. No era solo navegación; era un símbolo del poder y la ciencia helenística.

Le escuché fascinada. Su intelecto era evidente, pero no arrogante. Mientras yo pasaba mis días lidiando con lo peor de la naturaleza humana, él parecía habitar un mundo de conocimiento y belleza antigua.

—¿Y cómo han cambiado? —pregunté, genuinamente interesada.

—Mucho. —Rio suavemente—. Ya no necesitamos hogueras ni espejos de bronce. De la llama pasamos al aceite, luego al gas, y finalmente a la electricidad y las bombillas incandescentes. Pero el verdadero cambio llegó con las lentes de Fresnel en el siglo XIX; podías concentrar la luz y proyectarla a kilómetros. Hoy en día, la mayoría están automatizados, como este. Ya no hay fareros viviendo en soledad, vigilando la llama. Funcionan con tecnología GPS, balizas electrónicas... —Hizo una pausa y me miró—. Ahora son más una referencia visual de seguridad y un monumento histórico que la única guía del navegante. Pero su esencia, su "luz del mar", sigue ahí.

—Usted sabe mucho de esto —observé.

—Soy investigador en la Universidad de Sevilla, especializado en historia marítima y comercio antiguo —se presentó, extendiendo una mano—. Roi Lourenzo.

—Marianela Solari —estreché su mano. Su agarre era suave, pero firme—. Subinspectora de policía en Buenos Aires.

Nuestros mundos no podían ser más diferentes. Pero en los días siguientes, esa diferencia se convirtió en un imán. Coincidimos en el desayuno del hostal, en una taberna comiendo pulpo, y finalmente, decidimos visitar juntos Santiago de Compostela.

Caminamos por la Praza do Obradoiro. Yo no podía evitar escanear la plaza buscando amenazas, pero la voz de Roi me devolvía a la belleza del momento.

—Mire la fachada occidental de la Catedral —me dijo, señalando la majestuosidad barroca que se alzaba ante nosotros—. Es el "Espejo de la Fe". Fíjese en la verticalidad, en cómo las torres parecen tocar el cielo. Y dentro, el Pórtico de la Gloria... bueno, eso es otra historia. Es el culmen de la escultura románica, la transición del miedo medieval a la esperanza gótica.

Él se enamoró de mi fuerza, de mi capacidad para diseccionar la realidad con una mirada, de mi pragmatismo ante la vida. Y yo... yo me enamoré de su mente. De su capacidad para ver la historia y la belleza en una piedra, de su paciencia y de cómo su presencia calmaba mi perpetua alerta. Él era mi faro en mi tormenta diaria.

Pero la realidad se impuso. Mis vacaciones terminaron y volví a Buenos Aires. Roi regresó a Sevilla. Prometimos escribirnos, llamarnos. Y lo hicimos. Durante tres meses, nuestro amor creció a través de pantallas.

Hasta que la inspectora que llevo dentro arruinó el cuento de hadas.

Estaba trabajando en una red de tráfico de antigüedades que operaba entre Europa y Sudamérica. Una búsqueda rutinaria en la base de datos de INTERPOL sobre sospechosos vinculados a ciertas subastas en España. Metí parámetros, lugares, fechas...

Y entonces, su cara apareció en la pantalla.

No era una foto de perfil de Facebook. Era una foto de registro policial. Roi Lourenzo. El nombre era exacto. La descripción coincidía. La foto databa de hacía dos años, en un caso de expolio de un pecio fenicio en las costas de Cádiz.

El mundo se me vino abajo. El dolor fue físico, un puñetazo en el estómago. ¿Todo había sido mentira? ¿Su pasión por la historia era solo una tapadera para robarla y venderla? Mi mente policial, tan útil hasta entonces, empezó a tejer una red de lógica implacable: él me había estudiado, sabía que yo era policía, quizás me usó para medir la seguridad o para tantear terreno en Argentina.

Le llamé esa misma noche por videollamada. Intenté mantener la cara de póker que usaba en los interrogatorios.

—Hola, Marianela —sonrió él, pero su sonrisa se apagó al ver la mía—. ¿Pasa algo? Te noto... diferente.

—Necesito hacerte una pregunta, Roi —dije, mi voz era fría, profesional, la voz de la subinspectora Solari—. Y necesito que seas sincero.

Él frunció el ceño, confundido.

—Por supuesto. ¿Qué pasa?

—Hoy he estado revisando unas bases de datos de la policía —hice una pausa para que mis palabras cobraran peso—. Y he encontrado una foto tuya. Un registro policial vinculado a un caso de tráfico de antigüedades en Cádiz hace dos años.

Roi me miró, y por un segundo, se quedó helado. Sus ojos detrás de las gafas se agrandaron. Mi corazón se rompió un poco más; interpreté su silencio como culpa.

—¿Eres un traficante, Roi? —le pregunté, la voz quebrándose un poco, a pesar de mis años de entrenamiento.

Él me miró fijamente. No había miedo en su mirada, solo una profunda confusión que lentamente se transformó en algo parecido a la diversión, y luego en incredulidad.

Se echó a reír. Una risa fuerte, limpia, que no coincidía con la reacción de un criminal atrapado.

—¿Un traficante? ¿Yo? —seguía riendo, limpiándose las gafas—. Marianela, por favor. Eres inspectora, deberías haber leído el informe completo, no solo ver la foto.

—Explícate —exigí, desconcertada por su reacción.

—Hace dos años, la Guardia Civil de Cádiz desmanteló una red que estaba expoliando un pecio fenicio. ¿Sabes a quién llamaron para identificar las piezas, datar el yacimiento y testificar como perito experto ante el juez? —Roi sonrió, esta vez con ironía—. A mí. Al investigador de la Universidad de Sevilla especializado en historia marítima. Esa foto que viste... bueno, supongo que es el registro que hacen de todas las personas que entran y salen de una zona de investigación policial. Fui el asesor experto del caso, Marianela. Yo ayudé a meter a esos tipos en la cárcel.

Me quedé helada, pero esta vez de vergüenza. Mi "lógica policial", mi "institución", me habían llevado a una conclusión errónea. Me había centrado en el dato —la foto en una base de datos policial— e ignorado el contexto, e ignorado el hombre que conocía.

—Oh, Dios mío —murmuré, tapándome la cara con las manos—. Roi, lo siento muchísimo. Yo... vi la foto y...

—Y tu cerebro de policía hizo "clic" —completó él, aún sonriendo, pero con dulzura ahora—. Lo entiendo, Marianela. Es tu trabajo. Pero a veces, la verdad no está en la primera base de datos que consultas. A veces, necesitas mirar más allá de la bruma, como en el faro.

Me reí, una risa de puro alivio y vergüenza.

—Eres un desastre como criminal, Roi Lourenzo.

—Y tú eres demasiado buena como policía, Marianela Solari. Quizás demasiado.

El malentendido, lejos de separarnos, nos unió más. Él entendió mi mundo, la necesidad de dudar; y yo aprendí que la verdad, como la luz de un faro, a veces tarda en llegar y requiere mirar con atención.

Decidimos que la distancia era solo un problema logístico, no un obstáculo emocional. Roi solicitó una beca de investigación para un proyecto sobre las rutas comerciales entre Cádiz y el Río de la Plata, lo que le traería a Buenos Aires durante seis meses. Y yo... bueno, yo ya estaba planeando mis próximas vacaciones para visitar la Universidad de Sevilla y, por supuesto, otro faro. Porque habíamos aprendido que, incluso en mundos diferentes, la luz del mar siempre nos encontraría.

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez
El miércoles, 12, de agosto de 2026.
En Badalona.