sábado, 15 de agosto de 2026

¡¡Nuevo cuento escrito por mí!!

VALLE DE NÚRIA. UN VALLE ÚNICO

CUENTO BREVE

 

Mis manos, callosas por años de guiar la máquina que domina la pendiente, acariciaban el volante del tren cremallera con la familiaridad de un viejo amigo.  Era la primera hora de la mañana, el aire de los Pirineos Gerundenses mordía mi rostro con un dulzor vigorizante. Mi nombre es Núria Quintana, heredera de un linaje que ha habitado estas tierras mucho antes de que el turismo pintara de colores los senderos de la Vall de Núria.  Mi piel, curtida por el sol y el frío,  es el espejo de mis cincuenta y cuatro años de vida dedicada a este lugar.  En mi interior, una serenidad parecida a la de los picos que me rodeaban, se mezclaba con una pasión por la historia de este valle que corría por mis venas como el torrente del río Freser.

Fue en uno de esos ascensos matutinos, cuando el cremallera gemía con fuerza superando los desniveles, que su mirada se cruzó con la mía. Él era Einar Nilsson, un ingeniero sueco de sesenta y dos años, con los ojos azules del cielo de invierno de su tierra y una barba blanca que le confería un aire de sabiduría y experiencia.  Trabajaba como consultor internacional en la gestión sostenible de ecosistemas de montaña, y había venido a Núria, atraído por la singularidad de este valle glaciar,  único por su accesibilidad, pero que a la vez conservaba su esencia salvaje.

Nuestros mundos no podían ser más diferentes. Yo, arraigada a estas montañas, narrando a los viajeros la leyenda de Sant Gil y el origen del nombre del valle,  un nombre que según dicen, proviene del vasco "uri", pueblo, "a", agua,  evocando los orígenes pastoriles y sagrados de este lugar antes de que el telecabina y la estación de esquí se convirtieran en parte de su paisaje.  Él, un ciudadano del mundo, que vivía entre Estocolmo y conferencias internacionales, que veía la montaña como un puzle de datos, sostenibilidad e infraestructuras.

Sin embargo, en ese primer cruce de miradas, en medio de la sinfonía de la naturaleza y el traqueteo del tren, algo surgió.  Él me preguntó sobre la geología de las rocas que flanqueaban la vía, y yo, sorprendida por su genuino interés, le hablé de las fuerzas que habían esculpido este paisaje a lo largo de milenios.

—Su tren es un prodigio de ingeniería en un entorno tan delicado— me dijo en un castellano con un ligero acento escandinavo, pero con una convicción que me cautivó.

—Es más que una máquina— le respondí con orgullo, es el vínculo que une Ribes de Freser con el corazón del valle, una forma de respetar la montaña sin herirla.

Einar se convirtió en un pasajero habitual en mis viajes.  Nuestras conversaciones se alargaron. Me habló de su infancia en los fiordos noruegos, de su pasión por la fotografía de naturaleza y de su constante búsqueda de equilibrio entre el progreso humano y la preservación del medio ambiente.  Yo le hablé de mi familia, de cómo mi abuelo había trabajado en la construcción de la vía, de cómo había visto cambiar el valle, de la ermita de Sant Gil, donde mi madre solía tirar una piedrecita pidiendo un deseo, un deseo que siempre se cumplía.

Paseamos por el borde del lago, sus aguas cristalinas reflejando el cielo y las cumbres circundantes.  Me impresionó su conocimiento de la flora y fauna local, y él se dejó llevar por mi relato de la historia y las leyendas que habitaban cada rincón del valle.  Subimos juntos en el telecabina hasta el Pic de l’Àliga, y desde allí, con el valle a nuestros pies, me susurró:

—Este lugar tiene una energía especial, una paz que rara vez he encontrado en mis viajes.

—Es la magia de Núria— le respondí, una magia que se cuela en el alma de quien sabe escucharla.

Pero el destino nos tenía preparada una prueba.  Un malentendido técnico en la gestión de una nueva ruta de senderismo en la que Einar estaba asesorando,  generó tensiones con los responsables de la estación de esquí, y por extensión, con la comunidad local.  Einar, un perfeccionista por naturaleza, se sintió frustrado por la burocracia y la falta de visión a largo plazo,  lo que le llevó a distanciarse y a pasar más tiempo en su despacho improvisado en el hotel del valle.

Yo, herida por su aparente indiferencia y por los rumores que circulaban sobre sus propuestas que algunos consideraban demasiado radicales,  me volví más retraída.  Nuestras miradas ya no se buscaban. El valle, que antes nos había unido, parecía ahora un recordatorio de nuestra separación.

 

Un día, en el cremallera, me encontré con un grupo de ecologistas locales que protestaban contra los planes de Einar.  Sus gritos resonaban en el vagón, y sentí una punzada de dolor en el corazón. Sabía que Einar solo quería lo mejor para el valle, pero sus métodos habían sido malinterpretados.

Armándome de valor, me dirigí a su despacho. Estaba rodeado de mapas y planos, su rostro cansado y demacrado.

—Einar, tenemos que hablar— le dije, con una voz que temblaba pero con determinación.

Él me miró, y por primera vez en semanas, vi la ternura en sus ojos.

—Núria, lo siento mucho. Me he perdido en mis propios datos y he olvidado lo más importante: la gente que vive aquí, la esencia de este lugar.

—No es tu culpa, Einar. Es un malentendido. Pero tenemos que solucionarlo juntos.

 

Hablamos durante horas. Einar me explicó su visión, yo le conté los miedos y las preocupaciones de los lugareños.  Juntos, diseñamos un plan de comunicación para explicar las propuestas de Einar, un plan que ponía en valor la sostenibilidad pero también la historia y la cultura del valle.

La presentación fue un éxito. Einar, con mi ayuda, logró transmitir su pasión por la montaña y su respeto por la comunidad local.  El proyecto de la nueva ruta de senderismo fue aprobado con entusiasmo, y Einar y yo nos convertimos en un referente de cómo el diálogo y la colaboración pueden superar cualquier obstáculo.

 

En nuestro último paseo juntos por el valle, antes de que Einar regresara a Estocolmo, nos detuvimos frente a la ermita de Sant Gil.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste sobre el deseo que siempre se cumple?— me preguntó Einar, con una sonrisa que iluminó su rostro.

—Sí, me acuerdo.

—Mi deseo ya se ha cumplido. He encontrado un valle único, y a una mujer única.

 

Einar se inclinó y me dio un beso suave en los labios, un beso que selló nuestra promesa de amor y de futuro,  un futuro en el que el valle de Núria, este rincón mágico de los Pirineos, siempre sería nuestro hogar.

FIN

 

Escrito por Jessica Bao Perez.

El sábado, 15 de agosto de 2026.

En Badalona.

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