UN VERANO EN RIPOLL
CUENTO BREVE
Me llamo Yadira Viteri. Tengo 29
años y nací en Quito, Ecuador, aunque mi profesión me obliga a vivir con la
maleta hecha. Soy paleobotánica especializada en la conservación y análisis de
esporas de musgos extintos en estructuras medievales. Físicamente, soy de
estatura media, de tez morena clara, con una abundante cabellera rizada de
color castaño oscuro y unos ojos ámbar muy expresivos. En lo interno, me
considero una persona analítica, profundamente observadora, cautelosa con las
emociones apresuradas, pero apasionada por la belleza silente de las cosas
antiguas.
Aquel verano decidí instalarme en
Ripoll, la capital del Ripollès, resguardada entre las majestuosas montañas de
los Pirineos catalanes. El entorno me atrapó desde el primer minuto: la
confluencia cristalina de los ríos Ter y Freser abrazaba una villa rica en
vegetación húmeda, aliento de pino y un silencio matutino roto solo por el
canto de las aves y el repicar de las campanas. Ripoll destilaba historia en
cada sillar de piedra, dominada por la omnipresente y soberbia silueta del
Monasterio de Santa María de Ripoll.
Mi rutina en el monasterio
consistía en tomar muestras microscópicas en el claustro. Fue allí donde lo vi
por primera vez. Estaba inclinado cerca de una columna, sosteniendo un diapasón
y un pequeño sonómetro digital.
Se llamaba Zyan Kurosawa, de 31
años, originario de Kioto, Japón. Zyan era alto, de complexión atlética, con el
cabello negro algo despeinado, tez clara y unos ojos rasgados de un tono café
profundo que transmitían una calma serena. Su trabajo era tan inusual como el
mío: se dedicaba a la ingeniería de sonido arquitectónico y a la afinación de
frecuencias de campanas monumentales. Introspectivo, con un sentido del humor
sutil y una capacidad de escucha prodigiosa, Zyan observaba el mundo a través
del oído, mientras yo lo hacía a través de la materia.
Pronto descubrimos que nuestras
visitas no eran casuales; nos encontrábamos a diario en los mismos lugares.
Coincidíamos a primera hora en la confluencia de los ríos, luego en el
scriptorium y por la tarde en el puente de piedra.
—Parece que los dos seguimos la
sombra de los mismos siglos, Yadira —me dijo una mañana con una sonrisa franca,
mientras nos deteníamos frente a la monumental portada románica del siglo XII.
—O quizás es que Ripoll es un
pañuelo de piedra y agua, Zyan —le respondí, fascinada por su timbre de voz
grave.
Nos quedamos contemplando la
majestuosa fachada tallada en piedra arenisca. Le hablé de los detalles
microscópicos de los relieves, donde reyes, profetas y bestias fantásticas
parecían cobrar vida bajo la luz dorada del atardecer; él me describió cómo la
acústica del pórtico amplificaba el eco de los transeúntes creando una
resonancia armónica perfecta. Nos enamoramos en las pausas de nuestras
conversaciones, fascinados el uno por el otro. A mí me encandilaba su paciencia
infinita y esa forma tan poética de traducir el sonido en emoción; a él le
fascinaba mi rigor científico, mi devoción por el detalle y la calidez con la
que explicaba la vida invisible de las plantas.
Sin embargo, la armonía se rompió
bruscamente una tarde de julio. El archivero de la villa anunció consternado
que un valioso manuscrito del siglo XIV, que contenía registros de tonos de
fundición y notas botánicas medievales, había desaparecido de la sala de
consulta. Esa misma mañana, yo había visto a Zyan guardar apresuradamente unos
legajos en su carpeta de cuero dentro de una zona restringida del archivo.
Un velo de sospecha y tensión
empañó mi juicio. ¿Había aprovechado nuestra cercanía y su acceso al edificio
para sustraer el documento? La idea de haber confiado en alguien manipulador me
oprimía el pecho. Decidí no acusarlo sin pruebas y apliqué la lógica que
utilizaba en mi trabajo. Revisé el registro de entrada del archivo, hablé con
el personal de limpieza y examiné el catálogo de préstamos internos.
Al día siguiente, abordé a Zyan
junto al río Freser.
—Zyan, necesito que seas honesto
conmigo —le dije, mirándolo fijamente a los ojos—. Ayer te vi en la sección
restringida guardar unos papeles antiguos. El manuscrito del siglo XIV ha
desaparecido y no quiero pensar lo peor.
Zyan me miró primero con sorpresa
y luego con una serenidad insondable. Abrió su maletín de cuero y extrajo un
conjunto de planos modernos de frecuencia.
—Yadira, jamás tocaría un
documento histórico sin autorización —dijo suavemente—. Ayer estaba guardando
los esquemas acústicos de las bóvedas que el propio archivero me encargó medir.
Si el pergamino no está en su vitrina, estoy seguro de que se trata de un
traspaso de conservación. Ayer vi a la restauradora oficial tomar muestras de
humedad en ese mueble.
Avergonzada por mi precipitación,
acompañé a Zyan de vuelta al archivo. Tras consultar a la restauradora
principal, confirmamos la hipótesis de Zyan: el manuscrito había sido
trasladado a la cámara de desecación la tarde anterior para evitar que el hongo
de la humedad lo deteriorara.
—Siento mucho haber dudado de ti,
Zyan —le confesé a la salida, rodeados por el murmullo del agua—. Mi mente
analítica a veces busca patrones donde solo hay coincidencias.
Él me tomó la mano con dulzura.
—No pidas perdón, Yadira. Valoro
tu honestidad y tu deseo de proteger la historia. Eso solo me demuestra la
clase de mujer apasionada e íntegra que eres.
Aquel malentendido, lejos de
distanciarnos, selló definitivamente nuestra complicidad. Comprendimos que
nuestros caminos, aunque iniciados en Quito y Kioto, habían encontrado su
centro de gravedad en la tranquilidad de Ripoll.
El verano llegó a su fin, pero no
nuestra historia. Diseñamos un proyecto interdisciplinario para estudiar la
conservación acústica y botánica en catedrales de América Latina y Asia,
asegurándonos de recorrer el mundo juntos. Nos despedimos de la villa románica
con un cálido abrazo sobre el puente de los ríos, sabiendo que Ripoll no había
sido solo un destino de trabajo, sino el lugar donde aprendimos a escuchar y
observar el amor.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El sábado, 15, de agosto
de 2026.
En Badalona.

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