sábado, 15 de agosto de 2026

¡¡Último cuento mío!

 UN VERANO EN RIPOLL

CUENTO BREVE

 

Me llamo Yadira Viteri. Tengo 29 años y nací en Quito, Ecuador, aunque mi profesión me obliga a vivir con la maleta hecha. Soy paleobotánica especializada en la conservación y análisis de esporas de musgos extintos en estructuras medievales. Físicamente, soy de estatura media, de tez morena clara, con una abundante cabellera rizada de color castaño oscuro y unos ojos ámbar muy expresivos. En lo interno, me considero una persona analítica, profundamente observadora, cautelosa con las emociones apresuradas, pero apasionada por la belleza silente de las cosas antiguas.

 

Aquel verano decidí instalarme en Ripoll, la capital del Ripollès, resguardada entre las majestuosas montañas de los Pirineos catalanes. El entorno me atrapó desde el primer minuto: la confluencia cristalina de los ríos Ter y Freser abrazaba una villa rica en vegetación húmeda, aliento de pino y un silencio matutino roto solo por el canto de las aves y el repicar de las campanas. Ripoll destilaba historia en cada sillar de piedra, dominada por la omnipresente y soberbia silueta del Monasterio de Santa María de Ripoll.

 

Mi rutina en el monasterio consistía en tomar muestras microscópicas en el claustro. Fue allí donde lo vi por primera vez. Estaba inclinado cerca de una columna, sosteniendo un diapasón y un pequeño sonómetro digital.

 

Se llamaba Zyan Kurosawa, de 31 años, originario de Kioto, Japón. Zyan era alto, de complexión atlética, con el cabello negro algo despeinado, tez clara y unos ojos rasgados de un tono café profundo que transmitían una calma serena. Su trabajo era tan inusual como el mío: se dedicaba a la ingeniería de sonido arquitectónico y a la afinación de frecuencias de campanas monumentales. Introspectivo, con un sentido del humor sutil y una capacidad de escucha prodigiosa, Zyan observaba el mundo a través del oído, mientras yo lo hacía a través de la materia.

 

Pronto descubrimos que nuestras visitas no eran casuales; nos encontrábamos a diario en los mismos lugares. Coincidíamos a primera hora en la confluencia de los ríos, luego en el scriptorium y por la tarde en el puente de piedra.

 

—Parece que los dos seguimos la sombra de los mismos siglos, Yadira —me dijo una mañana con una sonrisa franca, mientras nos deteníamos frente a la monumental portada románica del siglo XII.

 

—O quizás es que Ripoll es un pañuelo de piedra y agua, Zyan —le respondí, fascinada por su timbre de voz grave.

 

Nos quedamos contemplando la majestuosa fachada tallada en piedra arenisca. Le hablé de los detalles microscópicos de los relieves, donde reyes, profetas y bestias fantásticas parecían cobrar vida bajo la luz dorada del atardecer; él me describió cómo la acústica del pórtico amplificaba el eco de los transeúntes creando una resonancia armónica perfecta. Nos enamoramos en las pausas de nuestras conversaciones, fascinados el uno por el otro. A mí me encandilaba su paciencia infinita y esa forma tan poética de traducir el sonido en emoción; a él le fascinaba mi rigor científico, mi devoción por el detalle y la calidez con la que explicaba la vida invisible de las plantas.

 

Sin embargo, la armonía se rompió bruscamente una tarde de julio. El archivero de la villa anunció consternado que un valioso manuscrito del siglo XIV, que contenía registros de tonos de fundición y notas botánicas medievales, había desaparecido de la sala de consulta. Esa misma mañana, yo había visto a Zyan guardar apresuradamente unos legajos en su carpeta de cuero dentro de una zona restringida del archivo.

 

Un velo de sospecha y tensión empañó mi juicio. ¿Había aprovechado nuestra cercanía y su acceso al edificio para sustraer el documento? La idea de haber confiado en alguien manipulador me oprimía el pecho. Decidí no acusarlo sin pruebas y apliqué la lógica que utilizaba en mi trabajo. Revisé el registro de entrada del archivo, hablé con el personal de limpieza y examiné el catálogo de préstamos internos.

 

Al día siguiente, abordé a Zyan junto al río Freser.

 

—Zyan, necesito que seas honesto conmigo —le dije, mirándolo fijamente a los ojos—. Ayer te vi en la sección restringida guardar unos papeles antiguos. El manuscrito del siglo XIV ha desaparecido y no quiero pensar lo peor.

 

Zyan me miró primero con sorpresa y luego con una serenidad insondable. Abrió su maletín de cuero y extrajo un conjunto de planos modernos de frecuencia.

 

—Yadira, jamás tocaría un documento histórico sin autorización —dijo suavemente—. Ayer estaba guardando los esquemas acústicos de las bóvedas que el propio archivero me encargó medir. Si el pergamino no está en su vitrina, estoy seguro de que se trata de un traspaso de conservación. Ayer vi a la restauradora oficial tomar muestras de humedad en ese mueble.

 

Avergonzada por mi precipitación, acompañé a Zyan de vuelta al archivo. Tras consultar a la restauradora principal, confirmamos la hipótesis de Zyan: el manuscrito había sido trasladado a la cámara de desecación la tarde anterior para evitar que el hongo de la humedad lo deteriorara.

 

—Siento mucho haber dudado de ti, Zyan —le confesé a la salida, rodeados por el murmullo del agua—. Mi mente analítica a veces busca patrones donde solo hay coincidencias.

 

Él me tomó la mano con dulzura.

—No pidas perdón, Yadira. Valoro tu honestidad y tu deseo de proteger la historia. Eso solo me demuestra la clase de mujer apasionada e íntegra que eres.

 

Aquel malentendido, lejos de distanciarnos, selló definitivamente nuestra complicidad. Comprendimos que nuestros caminos, aunque iniciados en Quito y Kioto, habían encontrado su centro de gravedad en la tranquilidad de Ripoll.

 

El verano llegó a su fin, pero no nuestra historia. Diseñamos un proyecto interdisciplinario para estudiar la conservación acústica y botánica en catedrales de América Latina y Asia, asegurándonos de recorrer el mundo juntos. Nos despedimos de la villa románica con un cálido abrazo sobre el puente de los ríos, sabiendo que Ripoll no había sido solo un destino de trabajo, sino el lugar donde aprendimos a escuchar y observar el amor.

 

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El sábado, 15, de agosto de 2026.

En Badalona.

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