UN VERANO EN SALOU
CUENTO BREVE
El mar
Mediterráneo tiene el don de pausar el reloj de quienes vivimos con el tiempo
medido en minutos. Me llamo Paty Quirós, nací en la inmensa ciudad de Nueva
York y, a mis treinta y cuatro años, ejerzo como enfermera en una concurrida
clínica de medicina general de Manhattan. Físicamente soy de estatura media,
con el cabello rizado muy corto y gafas oscuras de pasta; internamente me
defino como una persona profundamente empática, resolutiva, acostumbrada a
cuidar a los demás y con una aguda capacidad de observación. Tras varios meses
agotadores en el centro médico, decidí refugiarme durante las vacaciones de
agosto en la dorada costa de Salou.
El primer día,
mientras admiraba los surtidores de agua de la Fuente Luminosa en el final del
Paseo Jaime I, me crucé por primera vez con un desconocido. Volví a verlo dos
horas después paseando entre las sombras de las palmeras reales y, por tercera
vez al atardecer, junto al Espigón del Muelle frente al Monumento al Pescador.
El destino
parecía caprichoso. Él se llamaba Kenai Vinter y venía de Reikiavik, la capital
de Islandia. A sus treinta y ocho años, desempeñaba una labor tan inusual como
cautivadora: era taxidermista de minerales e hidrogeólogo, especializado en la
extracción, limpieza y conservación de formaciones cristalinas subterráneas.
Kenai era alto, de tez tostada por el sol de sus expediciones, hombros anchos y
una mirada verde sumamente tranquila que destacaba tras su barba espesa. Por
dentro era un hombre callado, excesivamente metódico, analítico y dotado de una
honestidad sincera.
Coincidir cuatro
veces en un mismo día superaba cualquier cálculo de probabilidades. La quinta
coincidencia ocurrió frente a la Torre Vella, un imponente fortín del siglo XVI
donde se exhibían muestras de arte local.
—Creo que el
mapa de Salou es demasiado pequeño o las corrientes marinas insisten en
cruzarnos, Paty —me dijo Kenai dibujando una sonrisa serena mientras
observábamos la piedra centenaria del edificio.
—En mi clínica
dirían que se trata de una estadística fascinante —respondí riendo—. Pero
reconozco que me alegra encontrarme contigo.
A partir de
aquel instante decidimos explorar la zona juntos. Nos enamoramos en las horas
compartidas. A mí me maravillaba su serenidad científica, su paciencia para
explicarme cómo la erosión del agua moldeaba los acantilados del Camino de
Ronda y el contraste de su mente analítica con mi día a día entre urgencias
sanitarias. A él, según me confesó mientras cenábamos un excelente arroz a la
marinera en un restaurante junto al puerto deportivo de Salou, le encandilaba
mi vitalidad, mi instinto protector hacia el ser humano y la calidez contagiosa
con la que abordaba cualquier tema.
Recorrimos los
principales rincones turísticos de la localidad. Paseamos por la arena dorada
de la Playa de Llevant, compramos embutidos artesanales y aceite de oliva en el
Mercado Municipal y visitamos pequeñas tiendas del casco antiguo para adquirir
recuerdos. Llegamos incluso hasta la cima del Faro de Salou para contempla la
inmensidad del horizonte.
Sin embargo, el
sexto día la intriga irrumpió en nuestro romance. Mientras descansábamos en una
cafetería del Paseo de las Palmeras, a Kenai se le cayó una carpeta de mano. Al
ayudarle a recoger las hojas, vi un folio con el sello de mi clínica de medicina
general de Nueva York, junto con la dirección de mi hotel en Salou y mi turno
de guardias anotado al detalle.
La desconfianza
propia de quien vive en una gran metrópoli me encendió las alarmas. ¿Acaso me
había estado investigando de antemano?
—Kenai, ¿de
dónde has sacado este documento? —pregunté tratando de mantener la compostura,
mostrándole las anotaciones con firmeza—. Esto incluye datos privados de mi
trabajo en Nueva York. ¿Me estás siguiendo?
Kenai no se
inmutó ni mostró culpa alguna; sus ojos verdes reflejaron una honestidad
absoluta.
—Paty, permíteme
aclararlo. El primer día, en la terraza junto al puerto, olvidaste tu
acreditación médica del hospital junto a tu agenda personal sobre la mesa antes
de desplazarte en tu silla de ruedas hacia el paseo. Corrí para darte alcance,
pero te perdí entre la multitud. Al abrir la agenda para buscar el contacto de
la clínica o tu alojamiento, anoté esos datos en una hoja para poder
entregártela en la recepción de tu hotel. Tu acreditación original y tu agenda
están depositadas a salvo en la conserjería de tu hotel desde la primera
mañana. Solo guardaba este borrador para asegurarme de darte una sorpresa
entregándote un mineral grabado antes de que regresaras a Estados Unidos.
La explicación
encajaba punto por punto con la lógica y la prudencia que caracterizaban a
Kenai. El enredo y la sospecha quedaron disueltos en un instante, transformados
en un sentimiento entrañable.
Nuestra última
noche transcurrió en el mirador de la Cala Penya Tallada, con la brisa nocturna
acariciando el acantilado y el murmullo de las olas de Salou en el fondo.
—Tú debes
regresar al ritmo acelerado de Nueva York y yo a la quietud de Reikiavik
—expresó Kenai tomando suavemente mis manos—. Pero ni la distancia entre dos
continentes ni el trabajo van a enfriar lo que ha nacido aquí.
—En el hospital
curamos el cuerpo, pero este verano tú has alimentado mi alma —le respondí
sonriendo bajo la luz de la luna—. Organizaremos los turnos y los viajes.
Ningún océano es demasiado ancho cuando hay un motivo para cruzarlo.
Nos fundimos en
un beso sincero frente a la costa del Mediterráneo, convencidos de que las
vacaciones terminaban, pero nuestra aventura apenas comenzaba.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El viernes, 11, de
septiembre de 2026.
En Badalona.

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