jueves, 10 de septiembre de 2026

¡¡Nuevo cuento escrito por mí 🖋!!

 UN VERANO EN CAMBRILS

CUENTO BREVE 

 

El aire cálido del Mediterráneo traía consigo un aroma inconfundible a sal y a pino seco. Yo, Swamda Völundardóttir, con mis treinta y cuatro años a cuestas, buscaba un respiro lejos del invierno eterno de Reikiavik, mi ciudad natal. Llevaba mi melena cobriza recogida en un moño desordenado y mis ojos verdes atentas a los destellos del mar. Como astróloga, mi profesión exige una observación minuciosa y una intuición afinada; internamente me considero una persona serena pero de pensamiento reflexivo, reservada y a veces proclive a sobre analizar las coincidencias.

El primer día en Cambrils, mientras paseaba por el puerto pesquero observando las embarcaciones tradicionales, tropecé al doblar la esquina hacia el Club Náutico. Un hombre alto, de mirada pausada y tez tostada por el sol, amortiguó mi caída. Se trataba de Jonatan Yamashita, un hombre de treinta y ocho años nacido en Kioto que trabajaba como restaurador de pecios antiguos. Jonatan transmitía una calma casi magnética; físicamente destacaba por sus hombros anchos, sus manos curtidas marcadas por el trabajo técnico y unos ojos oscuros expresivos. Internamente era metódico, pragmático y dotado de un fino sentido del humor.

—Disculpa el impacto —dijo él sosteniendo mis hombros con delicadeza—. Parece que la marea nos ha empujado a la misma orilla.

—El despiste ha sido mío —respondí sonriendo—. Los mapas celestes no prevén los tropiezos terrenales.

 

Aquello fue solo el comienzo. Parecía que el callejero de Cambrils estuviera diseñado para cruzarnos constantemente. Volví a encontrarlo por la mañana mientras compraba fruta fresca y aceite de oliva local en el Mercat Municipal. Más tarde, caminando por la avenida Diputació, donde las Palmeras escoltan el carril bici bordeando la playa del Regueral, él caminaba en mí misma dirección. Decidimos comer juntos en un restaurante del paseo marítimo, degustando un exquisito arroz negro y un pescado fresco a la marinera mientras veíamos las olas romper.

—Me fascina tu capacidad para leer patrones en lo que parece caos —me confesó Jonatan mientras caminábamos hacia la Villa Romana de La Llosa, un yacimiento arqueológico rodeado de columnas de piedra ancestrales que visitamos fascinados—. Yo me dedico a unir fragmentos del pasado bajo el agua, pero tú buscas el futuro en el firmamento.

—Y a mí me impresiona tu paciencia —repliqué observando el contraste de sus manos rudas sosteniendo con cuidado una postal—. Hay una nobleza muy particular en devolverle la vida a barcos que el mar intentó olvidar.

Nos enamoramos entre paseos al atardecer, admirando la arquitectura defensiva de la Torre de la Esquirol y perdiéndonos por los callejones antiguos del barrio de la Vila, comprando recuerdos artesanales en las tiendas del casco viejo. Me enamoró su solidez, la forma en que escuchaba mis extensos análisis astrológicos sin juzgarme y su mirada franca. A él le encandiló mi curiosidad inagotable y mi risa espontánea ante la monotonía.

 

Sin embargo, el misteriose llegó una tarde en la plaza de la Villa. Jonatan dejó caer por accidente su cuaderno de notas. Al recogerlo para devolvérselo, una hoja suelta llamó mi atención: era un plano detallado con anotaciones sobre la estructura interior del histórico Faro Rojo de Cambrils, acompañado de horarios de seguridad marcados en rojo y una fecha: la de esa misma noche.

La sospecha me oprimió el pecho. ¿Un restaurador de pecios estudiando accesos no autorizados a un monumento náutico activo? Durante unas horas, la lógica me decía que Jonatan no era quien decía ser, sino alguien involucrado en algún tráfico ilícito de piezas arqueológicas o un saboteador.

Decidí confrontarlo al anochecer en el Parque del Pescador, rodeados por la vegetación mediterránea y el suave murmullo de los estanques.

—Jonatan, necesito que seas honesto —dije mostrándole la hoja sin rodeos—. Sé que el rigor de tu trabajo es extremo, pero ¿por qué guardas estos esquemas de seguridad del faro?

Jonatan guardó silencio un segundo, parpadeó sorprendido y luego dejó escapar una carcajada limpia que disipó al instante la tensión.

—Swamda, no soy ningún infiltrado —explicó sacando de su bolsillo un documento oficial con el sello del municipio—. El ayuntamiento me ha contratado para liderar la restauración de la antigua linterna marina del faro este otoño. Esos horarios son las ventanas de tiempo que me han concedido para inspeccionar el mecanismo sin interrumpir la señal marítima.

 

El lío mental que me había construido se desmoronó por completo ante la aplastante y sencilla realidad. Me eché a reír avergonzada por mis desmedidas dotes de deducción.

—Supongo que las estrellas hoy no estaban muy alineadas con mi intuición —admití tomándole las manos.

—O quizás sí —respondió él acercándose para darme un beso bajo la luz dorada del faro—. Te han traído exactamente al lugar donde tenías que estar.

Aquel verano en Cambrils no solo nos enseñó la belleza de la Costa Daurada, sino también que cuando dos trayectorias distantes coinciden con la fuerza adecuada, el mapa del destino se dibuja solo.

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El jueves, 10, de septiembre de 2026.

En Badalona.

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