UN VERANO EN CAMBRILS
CUENTO BREVE
El aire cálido
del Mediterráneo traía consigo un aroma inconfundible a sal y a pino seco. Yo,
Swamda Völundardóttir, con mis treinta y cuatro años a cuestas, buscaba un
respiro lejos del invierno eterno de Reikiavik, mi ciudad natal. Llevaba mi
melena cobriza recogida en un moño desordenado y mis ojos verdes atentas a los
destellos del mar. Como astróloga, mi profesión exige una observación minuciosa
y una intuición afinada; internamente me considero una persona serena pero de
pensamiento reflexivo, reservada y a veces proclive a sobre analizar las
coincidencias.
El primer día en
Cambrils, mientras paseaba por el puerto pesquero observando las embarcaciones
tradicionales, tropecé al doblar la esquina hacia el Club Náutico. Un hombre
alto, de mirada pausada y tez tostada por el sol, amortiguó mi caída. Se
trataba de Jonatan Yamashita, un hombre de treinta y ocho años nacido en Kioto
que trabajaba como restaurador de pecios antiguos. Jonatan transmitía una calma
casi magnética; físicamente destacaba por sus hombros anchos, sus manos
curtidas marcadas por el trabajo técnico y unos ojos oscuros expresivos.
Internamente era metódico, pragmático y dotado de un fino sentido del humor.
—Disculpa el
impacto —dijo él sosteniendo mis hombros con delicadeza—. Parece que la marea
nos ha empujado a la misma orilla.
—El despiste ha
sido mío —respondí sonriendo—. Los mapas celestes no prevén los tropiezos
terrenales.
Aquello fue solo
el comienzo. Parecía que el callejero de Cambrils estuviera diseñado para
cruzarnos constantemente. Volví a encontrarlo por la mañana mientras compraba
fruta fresca y aceite de oliva local en el Mercat Municipal. Más tarde,
caminando por la avenida Diputació, donde las Palmeras escoltan el carril bici
bordeando la playa del Regueral, él caminaba en mí misma dirección. Decidimos
comer juntos en un restaurante del paseo marítimo, degustando un exquisito
arroz negro y un pescado fresco a la marinera mientras veíamos las olas romper.
—Me fascina tu
capacidad para leer patrones en lo que parece caos —me confesó Jonatan mientras
caminábamos hacia la Villa Romana de La Llosa, un yacimiento arqueológico
rodeado de columnas de piedra ancestrales que visitamos fascinados—. Yo me
dedico a unir fragmentos del pasado bajo el agua, pero tú buscas el futuro en
el firmamento.
—Y a mí me
impresiona tu paciencia —repliqué observando el contraste de sus manos rudas
sosteniendo con cuidado una postal—. Hay una nobleza muy particular en
devolverle la vida a barcos que el mar intentó olvidar.
Nos enamoramos
entre paseos al atardecer, admirando la arquitectura defensiva de la Torre de
la Esquirol y perdiéndonos por los callejones antiguos del barrio de la Vila,
comprando recuerdos artesanales en las tiendas del casco viejo. Me enamoró su
solidez, la forma en que escuchaba mis extensos análisis astrológicos sin
juzgarme y su mirada franca. A él le encandiló mi curiosidad inagotable y mi
risa espontánea ante la monotonía.
Sin embargo, el
misteriose llegó una tarde en la plaza de la Villa. Jonatan dejó caer por
accidente su cuaderno de notas. Al recogerlo para devolvérselo, una hoja suelta
llamó mi atención: era un plano detallado con anotaciones sobre la estructura
interior del histórico Faro Rojo de Cambrils, acompañado de horarios de
seguridad marcados en rojo y una fecha: la de esa misma noche.
La sospecha me
oprimió el pecho. ¿Un restaurador de pecios estudiando accesos no autorizados a
un monumento náutico activo? Durante unas horas, la lógica me decía que Jonatan
no era quien decía ser, sino alguien involucrado en algún tráfico ilícito de piezas
arqueológicas o un saboteador.
Decidí
confrontarlo al anochecer en el Parque del Pescador, rodeados por la vegetación
mediterránea y el suave murmullo de los estanques.
—Jonatan,
necesito que seas honesto —dije mostrándole la hoja sin rodeos—. Sé que el
rigor de tu trabajo es extremo, pero ¿por qué guardas estos esquemas de
seguridad del faro?
Jonatan guardó
silencio un segundo, parpadeó sorprendido y luego dejó escapar una carcajada
limpia que disipó al instante la tensión.
—Swamda, no soy
ningún infiltrado —explicó sacando de su bolsillo un documento oficial con el
sello del municipio—. El ayuntamiento me ha contratado para liderar la
restauración de la antigua linterna marina del faro este otoño. Esos horarios
son las ventanas de tiempo que me han concedido para inspeccionar el mecanismo
sin interrumpir la señal marítima.
El lío mental
que me había construido se desmoronó por completo ante la aplastante y sencilla
realidad. Me eché a reír avergonzada por mis desmedidas dotes de deducción.
—Supongo que las
estrellas hoy no estaban muy alineadas con mi intuición —admití tomándole las
manos.
—O quizás sí
—respondió él acercándose para darme un beso bajo la luz dorada del faro—. Te
han traído exactamente al lugar donde tenías que estar.
Aquel verano en
Cambrils no solo nos enseñó la belleza de la Costa Daurada, sino también que
cuando dos trayectorias distantes coinciden con la fuerza adecuada, el mapa del
destino se dibuja solo.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El jueves, 10, de
septiembre de 2026.
En Badalona.
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