¡Espero que os guste y lo disfrutéis!
UN VERANO EN SAN ANDRÉS DEL PALOMAR
CUENTO BREVE
Las tardes de
julio envolvían a San Andrés del Palomar en un bochorno dorado. A mis treinta y
dos años, tras volar desde la fría Montreal, buscaba en este histórico barrio
barcelonés un cielo despejado para trazar mis cartas astrales. Yo, Éliette
Vang, de tez pálida, melena rizada teñida de cobrizo y ojos rasgados, siempre
he sido una persona observadora, analítica y algo solitaria. Mi trabajo como
astróloga exige conciliar la precisión matemática de los astros con la
intuición humana.
El azar, o
quizás la gravedad, decidió que tropezara tres veces en la misma semana con la
misma persona. La primera fue frente a la majestuosa Parroquia de Sant Andreu
de Palomar, contemplando su imponente cúpula que parece desafiar las nubes; la
segunda, en la Plaza del Comercio; y la tercera, bajo los techos de obra vista
de la antigua fábrica Fabra i Coats, un complejo industrial reconvertido en
centro cultural cuyas altas chimeneas de ladrillo rojo recuerdan el esplendor
obrero del pasado.
Ahí me armé de
valor para hablarle. Él era Jan Zima, un hombre de treinta y siete años
procedente de Praga. Jan poseía una constitución atlética, barba tupida bien
recortada y unos profundos ojos verdes envueltos en arrugas de expresión que
revelaban un temperamento paciente, metódico pero extraordinariamente cálido.
—Parece que los
astros insisten en cruzar nuestros pasos —le dije, sonriendo sobre mi cuaderno.
—O tal vez la
geometría de este barrio nos conduce involuntariamente al mismo centro
—respondió él con una voz grave y tranquila—. Soy dendrocronólogo, analizo la
historia del clima a través de los anillos de crecimiento de los árboles.
Nos sentamos a
conversar durante horas. Me fascinó de Jan su capacidad para leer el tiempo en
la madera, del mismo modo que a él le sedujo mi hábito de interpretar el
universo en las constelaciones. Nos enamoramos en las caminatas por las
callejuelas peatonalizadas, compartiendo un gusto mutuo por la serenidad y las
conversaciones profundas de adultos que ya conocen sus propias luces y sombras.
Sin embargo, la
intriga empañó la idoneidad del romance. Un mediodía, mientras Jan pedía unas
bebidas en una terraza, hojeé por error su libreta. Descubrí bocetos detallados
de varios portales del barrio, horarios nocturnos marcados en rojo y
anotaciones como "extracción sigilosa a medianoche". Mi mente
inquisitiva formuló la peor sospecha: ¿estaba Jan involucrado en actividades
ilícitas? ¿Era su profesión solo una fachada?
Decidí usar la
lógica antes de juzgar. La noche siguiente lo seguí a cierta distancia hasta el
parque de la Pegaso. Al verlo agachado junto a un viejo eucalipto con una
linterna, me acerqué directamente para confrontar el lío.
—Jan, ¿qué
significan esas notas y estos horarios furtivos? —pregunté con firmeza.
Él levantó la
mirada, sorprendido, y luego dejó ir una risa suave.
—Éliette,
extraigo muestras de madera con una barrena hueca que no daña el árbol. Lo hago
a esta hora porque el tráfico cesa y las vibraciones no alteran la precisión de
mis herramientas. Las notas son mapas de los ejemplares más antiguos de San
Andrés.
El malentendido
se disipó al instante, dando paso a una conmovedora complicidad. Jan tomó mis
manos bajo la luz de las farolas y confesó que deseaba que nuestros caminos,
trazados desde rincones tan distantes del mundo, no volvieran a separarse
jamás. Nos besamos con la certeza de que habíamos encontrado nuestro lugar en
el mapa.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El viernes, 28, de agosto
de 2026.
En Badalona.

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