viernes, 28 de agosto de 2026

¡¡Cuento nuevo hecho por mí!!

 ¡Espero que os guste y lo disfrutéis!


UN VERANO EN SAN ANDRÉS DEL PALOMAR

CUENTO BREVE


Las tardes de julio envolvían a San Andrés del Palomar en un bochorno dorado. A mis treinta y dos años, tras volar desde la fría Montreal, buscaba en este histórico barrio barcelonés un cielo despejado para trazar mis cartas astrales. Yo, Éliette Vang, de tez pálida, melena rizada teñida de cobrizo y ojos rasgados, siempre he sido una persona observadora, analítica y algo solitaria. Mi trabajo como astróloga exige conciliar la precisión matemática de los astros con la intuición humana.

 

El azar, o quizás la gravedad, decidió que tropezara tres veces en la misma semana con la misma persona. La primera fue frente a la majestuosa Parroquia de Sant Andreu de Palomar, contemplando su imponente cúpula que parece desafiar las nubes; la segunda, en la Plaza del Comercio; y la tercera, bajo los techos de obra vista de la antigua fábrica Fabra i Coats, un complejo industrial reconvertido en centro cultural cuyas altas chimeneas de ladrillo rojo recuerdan el esplendor obrero del pasado.

Ahí me armé de valor para hablarle. Él era Jan Zima, un hombre de treinta y siete años procedente de Praga. Jan poseía una constitución atlética, barba tupida bien recortada y unos profundos ojos verdes envueltos en arrugas de expresión que revelaban un temperamento paciente, metódico pero extraordinariamente cálido.

—Parece que los astros insisten en cruzar nuestros pasos —le dije, sonriendo sobre mi cuaderno.

—O tal vez la geometría de este barrio nos conduce involuntariamente al mismo centro —respondió él con una voz grave y tranquila—. Soy dendrocronólogo, analizo la historia del clima a través de los anillos de crecimiento de los árboles.

Nos sentamos a conversar durante horas. Me fascinó de Jan su capacidad para leer el tiempo en la madera, del mismo modo que a él le sedujo mi hábito de interpretar el universo en las constelaciones. Nos enamoramos en las caminatas por las callejuelas peatonalizadas, compartiendo un gusto mutuo por la serenidad y las conversaciones profundas de adultos que ya conocen sus propias luces y sombras.

Sin embargo, la intriga empañó la idoneidad del romance. Un mediodía, mientras Jan pedía unas bebidas en una terraza, hojeé por error su libreta. Descubrí bocetos detallados de varios portales del barrio, horarios nocturnos marcados en rojo y anotaciones como "extracción sigilosa a medianoche". Mi mente inquisitiva formuló la peor sospecha: ¿estaba Jan involucrado en actividades ilícitas? ¿Era su profesión solo una fachada?

 

Decidí usar la lógica antes de juzgar. La noche siguiente lo seguí a cierta distancia hasta el parque de la Pegaso. Al verlo agachado junto a un viejo eucalipto con una linterna, me acerqué directamente para confrontar el lío.

—Jan, ¿qué significan esas notas y estos horarios furtivos? —pregunté con firmeza.

Él levantó la mirada, sorprendido, y luego dejó ir una risa suave.

—Éliette, extraigo muestras de madera con una barrena hueca que no daña el árbol. Lo hago a esta hora porque el tráfico cesa y las vibraciones no alteran la precisión de mis herramientas. Las notas son mapas de los ejemplares más antiguos de San Andrés.

El malentendido se disipó al instante, dando paso a una conmovedora complicidad. Jan tomó mis manos bajo la luz de las farolas y confesó que deseaba que nuestros caminos, trazados desde rincones tan distantes del mundo, no volvieran a separarse jamás. Nos besamos con la certeza de que habíamos encontrado nuestro lugar en el mapa.

FIN

 

Escrito por Jessica Bao Perez.

El viernes, 28, de agosto de 2026.

En Badalona.

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