UN VERANO EN TORTOSA
CUENTO BREVE
Nunca pensé que
un verano pudiera cambiar el rumbo de mi vida. Me llamo Zaida Mirev, nací en
Marrakech y trabajo como astrónoma en un observatorio de Marruecos. Tengo el
cabello largo y negro, ojos oscuros y una piel morena que siempre se broncea
con facilidad bajo el sol. Aunque muchos creen que soy fría por mi manera seria
de hablar, en realidad soy una persona curiosa, soñadora y muy sensible.
Aquel verano
viajé sola a Tortosa para asistir a unas conferencias sobre astronomía. Desde
el primer momento me enamoré de la ciudad. El río Ebro atravesaba las calles
con una calma hipnótica y el centro histórico parecía detenido en el tiempo.
El día que
visité la catedral ocurrió algo inesperado. Mientras observaba las enormes
columnas y las vidrieras iluminadas por la luz de la mañana, choqué
accidentalmente con un chico que llevaba un libro sobre galaxias.
—Lo siento mucho
—dije nerviosa.
—No pasa nada
—respondió él sonriendo—. Creo que estaba demasiado distraído pensando en las
estrellas.
Se llamaba Azael
Korven. Era de Reikiavik, Islandia, y también trabajaba como astrónomo. Tenía
el cabello rubio oscuro, ojos grises y una sonrisa tranquila que transmitía
confianza. Además de inteligente, era amable y divertido.
—Parece que
ambos vivimos mirando el cielo —comentó.
—Sí, aunque yo
no esperaba encontrarme con alguien así aquí.
Él sonrió
levemente.
Después de aquel
encuentro, comenzamos a coincidir constantemente en los mismos lugares. Una
tarde nos encontramos en el puente rojo, donde el río reflejaba las luces del
atardecer. Otra mañana coincidimos en el Parque Municipal Teodor González, donde
había una antigua máquina de tren. Me fascinó observar aquella locomotora vieja
rodeada de árboles y flores.
—Parece salida
de otra época —dije.
—Como algunas
historias que nunca deberían terminar —respondió Azael mirándome.
Poco a poco
empezamos a pasar más tiempo juntos. Visitamos el Museu de Tortosa, donde
observamos objetos antiguos y fotografías que contaban la historia de la
ciudad. Caminamos por el centro histórico admirando las calles estrechas, los
balcones llenos de plantas y las pequeñas plazas silenciosas.
Lo que más me
gustaba de Azael era su manera de ver el mundo. Siempre encontraba belleza en
los pequeños detalles y hablaba del universo como si fuera un poema. Él decía
que admiraba mi valentía y mi pasión por descubrir nuevos misterios del cielo.
Sin darme
cuenta, me enamoré de él. Sin embargo, todo cambió una noche en el puente rojo.
Vi a Azael abrazando a una mujer cerca del río. Parecían muy cercanos y sentí
que el corazón se me rompía. Pensé que era su pareja.
Durante varios
días intenté evitarlo, aunque seguíamos coincidiendo en los mismos lugares,
como si Tortosa insistiera en unirnos.
Finalmente, él
me encontró cerca de la catedral.
—Zaida, ¿por qué
huyes de mí? —preguntó preocupado.
—No quiero
interrumpir tu relación —respondí intentando parecer tranquila.
Azael me miró
sorprendido.
—¿Relación? La
mujer que viste era mi hermana. Llegó desde Islandia para visitarme.
Me quedé en
silencio, avergonzada.
—Entonces… ¿no
tienes novia?
Él sonrió
suavemente.
—La única
persona que ocupa mi corazón eres tú.
Sentí que el
mundo entero se detenía. Caminamos juntos por las calles iluminadas de Tortosa
mientras el viento movía suavemente el agua del río Ebro.
Aquella noche
comprendí que algunas personas están destinadas a encontrarse, aunque vivan en
diferentes partes del mundo.
Hoy seguimos
viajando cada verano a Tortosa, la ciudad donde el destino decidió unir
nuestras vidas bajo el mismo cielo lleno de estrellas.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El lunes, 11, de mayo
de 2026.
En Badalona.

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