jueves, 26 de febrero de 2026

¡¡Cuento 159 🖋 escrito por mí!!

¡Espero que os guste y lo disfrutéis!


LOS 7 SECRETOS

CUENTO BREVE

 

El título de este cuento, es el mismo que el sitio al que voy a hacerme la depilación. Y, me ha parecido muy inspirador.

 

Siempre he creído que las ciudades guardan secretos como si fueran cartas sin abrir. Yo también guardo los míos.

Me llamo Dania Záratev. Soy novelista. Alta, de cabello negro y ondulado que cae como tinta derramada sobre mis hombros, piel morena clara y ojos oscuros que —según mi madre— parecen estar siempre inventando algo. Por dentro soy más compleja que mis historias: insegura a veces, obstinada casi siempre, romántica en secreto y valiente cuando la ficción me presta su coraje.

Vivo en Ciudad de México, rodeada de ruido, jacarandas y cafés donde escribo durante horas. Mi vida parecía ordenada entre manuscritos y fechas de entrega, hasta que el azar decidió repetirse.

Lo conocí en París. Había viajado para documentarme sobre la historia del Museo del Louvre. Frente a la pirámide de cristal, mientras observaba cómo el cielo gris se reflejaba en sus aristas, tropecé con alguien.

—Perdón —dije, recogiendo mis papeles.

—La culpa es mía —respondió él, con un acento francés impecable y una sonrisa serena.

Se llamaba Étienne Delacroix. De estatura media, cabello castaño claro peinado con discreta elegancia, ojos verdes que parecían cambiar de tono con la luz. Vestía traje oscuro, perfectamente cortado. Trabajaba como cónsul. Pero más allá de su apariencia pulcra, lo que más me sorprendió fue su voz tranquila y su manera de escuchar, como si cada palabra tuviera peso.

—¿Escribe? —preguntó al ver mis hojas llenas de anotaciones.

—Novelas. Intento atrapar secretos.

—Entonces coincidimos —sonrió—. Yo intento protegerlos.

Reí. No imaginaba que aquella frase sería el primero de nuestros siete secretos.

Nos despedimos sin intercambiar más que los nombres. Sin embargo, días después lo encontré de nuevo, esta vez en Roma, frente al Coliseo. El anfiteatro se alzaba dorado bajo el atardecer, con sus arcos abiertos como heridas antiguas.

—Esto empieza a parecer destino —dijo él, acercándose con una mezcla de sorpresa y complicidad.

—O mala planificación de itinerarios —respondí, aunque mi corazón latía con entusiasmo.

Caminamos entre las piedras milenarias. Me habló de su trabajo diplomático, de cómo debía mediar entre culturas distintas. Yo le conté cómo construía personajes a partir de fragmentos reales.

 

Lo que me gustaba de él era su serenidad; conmigo, el mundo parecía ordenarse. Étienne decía admirar mi imaginación.

—Cuando hablas, todo se vuelve posible —me confesó mientras contemplábamos la luna asomarse entre las ruinas.

Pensé que aquello era el inicio de algo, pero nuestras vidas estaban en extremos distintos del mundo. Él debía viajar constantemente; yo regresé a México.

El tercer encuentro fue en Nueva York, bajo la estructura de hierro del Puente de Brooklyn. El viento del río agitaba mi cabello y su corbata.

—Esto ya no puede ser casualidad —le dije.

—Quizá el mundo es más pequeño cuando dos personas desean encontrarse —respondió.

Caminamos sobre las tablas de madera, viendo el perfil de la ciudad iluminarse. Allí, entre rascacielos y luces, comprendí que me estaba enamorando. Me gustaba su firmeza, su ética, su capacidad de mantenerse íntegro en medio de negociaciones complejas. Él decía que le fascinaba mi manera de mirar los detalles, como si cada esquina escondiera una historia.

Pero el malentendido llegó pronto. Una noche recibí un mensaje breve: “Debo cumplir con mi deber. No puedo explicarlo ahora.” Luego, silencio.

 

Durante semanas no supe nada de él. Pensé que había jugado conmigo, que yo era apenas una coincidencia más en su agenda diplomática. Mi inseguridad escribió finales tristes sin consultarme.

El cuarto encuentro ocurrió inesperadamente en Kioto, frente al Santuario Fushimi Inari. Miles de torii rojos formaban un túnel infinito bajo el sol.

Al verlo, mi corazón osciló entre la rabia y el alivio.

—¿Por qué desapareciste? —pregunté, sin saludar.

Él bajó la mirada.

—Hubo una crisis diplomática. No podía dar detalles. Mi silencio era parte del deber, no de la indiferencia.

—Pensé que me evitabas.

—Dania Záratev, te he buscado en cada ciudad donde sabía que presentarías tu libro.

Me mostró un ejemplar subrayado de mi última novela.

—Aquí está tu sexto secreto —dijo—. Siempre supe dónde encontrarte.

Comprendí entonces que nuestras coincidencias no eran azar: ambos consultábamos discretamente las agendas públicas del otro. Ninguno lo había confesado. Reímos bajo los arcos rojos. El malentendido se deshizo como papel bajo la lluvia.

El séptimo secreto lo descubrimos juntos: el amor también requiere diplomacia y narrativa.

Nos prometimos no dejar que el silencio inventara historias por nosotros. Decidimos alternar continentes, convertir aeropuertos en antesalas de abrazos y monumentos en testigos de promesas.

Hoy escribo estas líneas desde una terraza en Lisboa mientras Étienne Delacroix atiende una llamada oficial dentro del apartamento. Sé que al terminar saldrá, me mirará como la primera vez en el Louvre y dirá:

—¿En qué capítulo estamos ahora?

Y yo responderé:

—En el más importante.

Porque aprendí que algunos secretos no se guardan: se comparten.

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El jueves, 26, de febrero de 2026.

En Badalona.

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