martes, 24 de febrero de 2026

¡Cuento 158 escrito ✍ por mí!

¡Espero que os guste y lo disfrutéis!


EL TESORO DE LAS LETRAS ESCONDIDAS

CUENTO BREVE


 

Este cuento ha sido escrito, a partir de palabras sueltas y escogidas al azar.

Y, el personaje de Anel, lo he hecho ser de Ecuador, en recuerdo a mi mejor amigo, Giancarlo. Te echo mucho de menos, Janky.

 


Nidia Zárate-Dalmau vivía en Martinica, frente al mar gris del invierno. Alta, de piel oliva y ojos oscuros que parecían analizar cada gesto ajeno, llevaba el cabello negro siempre recogido en una coleta práctica. En su rostro había serenidad, pero también una tensión constante: la de quien ha aprendido a desconfiar. Por dentro era meticulosa, intuitiva y valiente; por fuera, reservada y elegante sin proponérselo. Trabajaba como detective privada, especializada en casos de fraudes literarios y herencias disputadas.

Amaba los libros desde niña. Aquella fascinación la había llevado a investigar la misteriosa carta firmada por un viejo novelista y poeta fallecido en circunstancias extrañas. El mapa incluido señalaba un lago perdido entre bosque y niebla. La pista la condujo, inesperadamente, a Ecuador , donde debía contrastar datos sobre el manuscrito desaparecido.

Allí conoció a Anel Quispe-Montalbán. Anel vivía en Ecuador  desde hacía años. Era limpiador en museos y edificios históricos. Delgado, de piel cobriza y manos fuertes marcadas por el trabajo, tenía el cabello oscuro y algo rebelde, y unos ojos color miel que parecían sonreír antes que sus labios. Por dentro era paciente, observador y profundamente honesto; por fuera, discreto y silencioso, como si su oficio le hubiera enseñado a no dejar huella.

Se encontraron por primera vez en el vestíbulo del museo donde Nidia investigaba unos documentos.

—Perdone, el ala norte está cerrada —dijo él con voz suave.

—Solo necesito revisar un archivo antiguo. Es importante —respondió Nidia, mostrando su credencial.

—Entonces la acompañaré. Aquí los pasillos son un laberinto.

Desde ese momento, comenzaron a coincidir constantemente. Cuando Nidia viajaba por una pista, Anel parecía estar allí trabajando: en París, limpiando una galería cercana a la imponente Torre Eiffel, donde subieron juntos al anochecer y observaron cómo la ciudad se encendía bajo ellos como un océano de luces doradas; en Roma, cerca del majestuoso Coliseo, donde caminaron entre piedras milenarias sintiendo el peso de la historia; incluso en Kioto, paseando bajo los arcos rojos del Santuario Fushimi Inari-taisha, rodeados de faroles y olor a incienso.

—Es extraño —dijo Nidia una noche en París—. Siempre apareces donde me lleva el caso.

—El mundo es más pequeño de lo que creemos —sonrió él—. O tal vez estamos destinados a cruzarnos.

Nidia admiraba la humildad de Anel, su forma de encontrar belleza en lo simple, su respeto silencioso por los espacios que limpiaba. Él, en cambio, se sentía fascinado por la inteligencia de ella, su determinación y la pasión con la que hablaba de literatura.

 

El amor creció entre conversaciones nocturnas y miradas sostenidas frente a monumentos iluminados. No fue inmediato, pero sí inevitable. El malentendido llegó en Roma. Nidia descubrió que alguien filtraba información de su investigación y vio a Anel conversando con un hombre relacionado con el fraude literario.

—¿Me has estado siguiendo por el caso? —le reclamó ella con frialdad.

—No sabes lo que estás pensando —respondió él, herido.

Se alejaron durante semanas. Nidia, fiel a su instinto, investigó a fondo y descubrió que Anel no era cómplice, sino informante involuntario: el hombre lo había interrogado fingiendo ser inspector de patrimonio.

Cuando comprendió la verdad, viajó a Ecuador .

—Lo siento —dijo Nidia frente al mar helado—. Mi trabajo me ha enseñado a desconfiar, incluso de lo que más quiero.

—Y el mío me ha enseñado a limpiar lo que ensucia el pasado —respondió Anel—. No quiero que la duda nos manche.

 

Se abrazaron bajo una nube baja que anunciaba lluvia, como aquella del viejo mapa. Nidia resolvió el caso: el manuscrito inédito era auténtico, y su publicación limpió el nombre del novelista.

Decidieron no dejar que la distancia los separara. Entre Martinica y Ecuador  construyeron una vida compartida de viajes, libros y nuevos comienzos. Siempre parecían encontrarse en el mismo lugar, aunque el mundo fuera inmenso.

Porque comprendieron que el verdadero tesoro no estaba escondido en un lago ni en un manuscrito, sino en la certeza de coincidir una y otra vez.

 

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El martes, 24, de febrero de 2026.

En Badalona.

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