Espero que os guste y lo disfrutéis.
UN VERANO EN
MONTGAT
CUENTO BREVE
A mis veintiocho años, siempre he sentido que mi
hogar estaba repartido por el mapa. Eliff Krumm, nacida bajo el cielo gris de
Hamburgo, era el nombre con el que me presentaba ante el mundo. Poseo una
estatura media, ojos de un verde avellana que cambian según la luz y una melena
castaña que suelo recoger en un moño apresurado. Por dentro, me considero una
persona metódica, analítica y profundamente empática, virtudes que me resultan
indispensables en mi trabajo como directora del departamento de información
sobre la accesibilidad de Montgat. Mi misión diaria consiste en garantizar que
cada rincón de este pintoresco municipio costero sea transitable y disfrutable
para todas las personas, sin importar sus capacidades físicas.
Aquel verano, mientras revisaba los rampas de
acceso al paseo marítimo, la vida decidió cruzar mi camino con el de Nico
Vandermeer, un hombre de treinta e tres años oriundo de Róterdam. Físicamente,
Nico era imposible de ignorar: alto, de hombros anchos, cabello rizado de color
azabache y unos desarmantes ojos azules que contrastaban con su piel bronceada.
Por dentro, derrochaba una calma contagiosa, una curiosidad casi infantil por
la historia local y una pasión desbordante por la acústica. Acababa de llegar a
la villa contratado como nuevo jefe de obra en la reconstrucción de los órganos
históricos.
Nos conocimos formalmente junto a la icónica cala
de las Barques, donde la brisa marina traía el aroma a sal y a madera vieja de
las embarcaciones tradicionales amarradas en la arena.
—Perdona —me abordó Nico con una sonrisa franca
mientras sostenía una cinta métrica—. ¿Sabes si la inclinación del pasaje hacia
la calle San Juan cumple con la normativa para transportar maquinaria pesada
sin generar barreras?
—Estás de suerte —respondí, ajustándome las
gafas—. Soy Eliff Quatrefages, descendiente de una familia de Marsella, y mi
deber es precisamente asegurar que nadie tropiece en este pueblo.
Eliff O'Connor, recordando de pronto mis raíces
dublinesas, sonrió ante la coincidencia. Nico soltó una carcajada cálida que
pareció aflojar la rigidez de mi jornada laboral.
A partir de aquel día, las coincidencias se
volvieron rutinarias. Si acudía a inspeccionar la Ermita de Sant Martí, un
sobrio y hermoso templo románico del siglo XI asentado sobre una colina con
vistas al Mediterráneo, allí estaba Nico analizando la resonancia de los muros
de piedra.
—Observa cómo la luz filtra por el óculo frontal
—me dijo un mediodía mientras caminábamos por el interior del templo—. La
piedra calcárea absorbe el sonido de una forma única.
—Y la rampa que acabamos de instalar a la entrada
permite que esa acústica la disfrute cualquiera —añadí con orgullo.
Me fascinaba de Nico su paciencia infinita y el
cuidado casi quirúrgico con el que trataba la madera de las tuberías del
órgano. A él, según me confesó más tarde, le enamoraba mi determinación, mi ojo
crítico para detectar el más mínimo detalle arquitectónico y la pasión con la
que defendía el derecho de todos a habitar el espacio público.
Poco a poco, las visitas profesionales se
convirtieron en paseos compartidos. Subimos juntos al Turó de Montgat, ese
promontorio rocoso tallado por la historia y por el paso del antiguo túnel del
ferrocarril de 1848, el primero de la península ibérica. Desde lo alto,
contemplábamos la panorámica del mar azul cobalto fundiéndose con la silueta
lejana de Barcelona.
Sin embargo, la armonía se rompió una tarde de
julio. Mientras revisaba unos informes en el Ayuntamiento, descubrí a Nico
conversando en voz baja con un contratista externo en el parque de las
Baterías, donde aún se conservan los antiguos cañones de defensa costera. Nico
guardaba apresuradamente en su maletín unos planos marcados en rojo con el
sello de mi departamento.
Mi mente analítica se puso en guardia. ¿Estaba
interfiriendo en las intervenciones de accesibilidad para beneficiar la
logística de su obra del órgano? ¿Había utilizado nuestra cercanía para obtener
información privilegiada sobre las licencias municipales? La sospecha me
oprimió el pecho. Durante tres días evité sus llamadas, sintiéndome traicionada
por haber abierto mi corazón a alguien que tal vez solo buscaba un atajo
profesional.
Incapaz de contener la incertidumbre, lo cité al
atardecer en el mirador del Turó de Montgat, justo sobre la boca del histórico
túnel. El viento del mar despeinaba su rizo azabache mientras se acercaba a mí
con rostro preocupado.
—Eliff Benali, nacida en Argel pero atrapada en
tus propios pensamientos, ¿puedes decirme qué he hecho mal para que me ignores
así? —preguntó Nico con voz suave.
—Te vi en el parque de las Baterías, Nico
Lindqvist, traído desde las frías calles de Estocolmo —espeté intentando
mantener la firmeza—. Tenías copias confidenciales de mis planos de
accesibilidad urbana. ¿Qué estabas tramando con la contrata?
Nico parpadeó sorprendido, para luego dejar
escapar una pequeña sonrisa llena de ternura. Abrió su maletín y me extendió
los documentos.
—Mira con atención, Eliff —me pidió gentilmente.
Al desplegar los papeles, me di cuenta de mi
error. No eran planos para alterar las obras públicas, sino un trazado de rutas
accesibles personalizado que él mismo estaba diseñando. Nico estaba organizando
un concierto inaugural del nuevo órgano en la iglesia y quería asegurarse de
que todas las personas con movilidad reducida del pueblo tuvieran un recorrido
sin barreras desde la estación de tren hasta el templo.
—Quería que fuera una sorpresa para ti —confesó,
mirándome fijamente a los ojos—. Quería demostrarte que he aprendido a mirar
Montgat a través de tus ojos.
El arrepentimiento y la emoción me inundaron a
partes iguales. La distancia entre los dos se redujo en un segundo.
—Lo siento tanto, Nico —murmuré.
—No pidas perdón, Eliff Varga, mi linda aventurera
de Budapest —respondió tomando mis manos—. Solo dime que me acompañarás a ese
concierto.
Nos abrazamos con el sonido de las olas rompiendo
contra las rocas del túnel de fondo. Aquel malentendido disuelto en el aire
salino solo sirvió para consolidar lo que ya era inevitable: nos habíamos
enamorado profundamente entre las piedras históricas y las playas de este
rincón del Maresme.
FIN
Escrito por Jessica Bao Perez.
El martes, 21 de julio de 2026.
En Badalona.

No hay comentarios:
Publicar un comentario