¡Espero que os guste y lo disfrutéis!
EL CAFÉ DE IDEAS
CUENTO BREVE
Me llamo Darla
Quenwyth. Siempre me ha parecido que mi apellido suena a algo que no pertenece
a ningún lugar concreto, como si fuera inventado, igual que las historias que
escribo. Soy novelista. Vivo en Lisboa, en un pequeño apartamento lleno de
cuadernos, libros abiertos y tazas de café olvidadas. Tengo el cabello oscuro,
ondulado y rebelde, como mis pensamientos; mis ojos son grandes, curiosos,
siempre buscando historias donde otros solo ven rutina. Por dentro, soy
inquieta, obsesiva con los detalles, y profundamente romántica aunque me cueste
admitirlo.
Todo empezó en
un café.
No uno
cualquiera, sino ese café. Lo curioso es que nunca supe si era el mismo o si el
destino lo movía de ciudad en ciudad para mí.
La primera vez
fue en Lisboa. Entré buscando inspiración y lo encontré a él.
—¿Está libre
esta silla? —preguntó.
Levanté la vista
y vi a un hombre alto, de cabello claro ligeramente despeinado y ojos grises
que parecían guardar secretos de otros países.
—Sí, claro
—respondí.
Se sentó frente
a mí como si ya me conociera.
—Soy Dylan
Viremont —dijo, extendiendo la mano.
—Darla Quenwyth.
Trabajaba como
cónsul. Viajaba constantemente. Tenía una voz tranquila, segura, y una forma de
mirar que hacía que todo pareciera importante. Físicamente era elegante sin
esfuerzo; internamente, descubrí pronto, era alguien profundamente observador,
con una sensibilidad escondida tras su diplomacia.
Hablamos durante
horas.
—Escribes,
¿verdad? —me dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque miras a
la gente como si fueran personajes. - Sonreí. Nadie me había descrito tan bien.
A la semana
siguiente, el café ya no estaba. O eso creí. Lo volví a encontrar… en París. Y
allí estaba él.
—Sabía que
vendrías —dijo Dylan, como si fuera lo más natural del mundo.
A partir de
entonces, dejamos de cuestionarlo. Simplemente ocurría.
Roma. Praga.
Kioto. Siempre el mismo café. Siempre nosotros.
En Roma,
caminamos juntos frente al Coliseo. Las piedras antiguas brillaban bajo el sol
dorado.
—Es increíble
pensar en todo lo que ha visto este lugar —dije.
—Como tú
—respondió—. Guardas historias sin que nadie lo note.
En Praga,
cruzamos el Puente de Carlos al amanecer, rodeados de estatuas silenciosas y
niebla.
—Me gusta cómo
observas el mundo —me confesó—. Haces que todo tenga sentido.
Yo lo miré.
—Y a mí me gusta
cómo lo entiendes sin necesidad de explicarlo.
En Kioto,
contemplamos templos rodeados de cerezos en flor.
—Me gusta tu
calma —le dije.
—Y a mí tu caos
—respondió, sonriendo.
Así fue como nos
enamoramos: sin darnos cuenta, en conversaciones interminables, en silencios
compartidos, en ciudades que parecían conspirar para unirnos.
Pero entonces
llegó el malentendido.
En Nueva York.
Lo vi en el café… con otra mujer. Reían. Él la miraba con esa misma intensidad.
Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. No me acerqué. Me fui.
Esa noche
escribí durante horas, intentando convertir el dolor en palabras. Decidí no
volver al café. Pero el café volvió a mí.
En Lisboa.
Y él estaba
allí.
—Darla, por
favor, escúchame —dijo al verme.
—No hay nada que
escuchar.
—Era mi hermana.
Silencio.
—Vino a
visitarme sin avisar. No pude explicártelo.
Lo miré
fijamente, buscando una mentira. No la encontré.
—Pensé que…
—empecé.
—Que no eras
especial —interrumpió—. Pero lo eres. Eres lo único constante en mi vida.
Me acerqué
lentamente.
—Este café…
—dije—. ¿Qué es?
Sonrió.
—No lo sé. Pero
siempre me lleva a ti.
Reí, aliviada.
—Entonces no
quiero entenderlo.
Desde ese día,
dejamos de separarnos. Seguimos viajando, visitando ciudades y monumentos, pero
ya no dependíamos del café para encontrarnos.
Porque habíamos
aprendido algo más importante: Siempre íbamos a coincidir. Siempre. Y por
primera vez en mi vida, no quise escribir el final de la historia. Quise
vivirlo.
FIN
Escrito por Jessica Bao
Perez.
El jueves, 19, de marzo
de 2026.
En Badalona.
El título del cuento,
lo he sacado de un programa de televisión con el mismo nombre.

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