jueves, 12 de febrero de 2026

¡¡Cuento 155 escrito por mí!!

 LA MUJER QUE LEÍA JUNTO A LA VENTANA

CUENTO BREVE


Siempre he sentido que leer es mi forma de respirar. Me llamo Kala Zhyrkov, soy profesora de literatura y vivo en una ciudad lluviosa donde el olor a café y papel viejo acompaña mis tardes. Físicamente soy delgada, de piel clara, cabello corto y oscuro, y suelo usar gafas porque paso demasiadas horas leyendo. Por dentro soy reflexiva, sensible y persistente; necesito entender el mundo a través de las historias.

Cada vez que viajo, busco el mismo ritual: leer junto a una ventana. No importa el país, el idioma o la estación. Siempre termino encontrando ese lugar.

La primera vez que lo vi fue en un mirador cerca del Coliseo en Roma. Yo estaba leyendo cuando alguien dijo:

—¿Ese libro merece tanto silencio?

Levanté la vista y lo vi. Era Alan Drevann, un soldado destinado en misiones internacionales. Alto, de hombros anchos, piel tostada por el sol y ojos grises muy serenos. Internamente era directo, leal y sorprendentemente observador.

—Depende —respondí—. ¿Te gusta escuchar historias?

Sonrió. Y supe que algo empezaba. Descubrimos que vivíamos en diferentes partes del mundo. Yo entre España y otros países por congresos educativos; él entre bases militares.

Pero el destino era extraño.

Coincidimos en París, en una biblioteca con vistas a la Torre Eiffel. Coincidimos en Praga, cerca del Puente de Carlos, donde las estatuas parecían vigilarnos. Coincidimos en Kioto, frente a un templo rodeado de hojas rojas. En cada monumento, veíamos algo distinto. En Roma vimos historia resistiendo al tiempo. En París vimos luz reflejada en hierro y sueños. En Praga vimos piedra y misterio. En Kioto vimos calma y eternidad. En Kioto vimos la serenidad de la gente, mientras toma el té.

Una vez, frente al templo, Alan me dijo:

—Me gusta cómo miras el mundo. Como si todo tuviera un significado escondido.

Yo le respondí:

—Y a mí me gusta cómo tú haces que el mundo parezca seguro. 

Nos enamoramos lentamente. A mí me gustaba su calma y su honestidad. A él le gustaba mi forma de pensar y mi sensibilidad. 

Pero ocurrió un malentendido. Un día dejó de responder mis mensajes durante semanas. Pensé que había desaparecido, que para él yo solo había sido un paréntesis entre misiones. Decidí viajar sola a Estambul, a mi lugar habitual: una cafetería con una gran ventana frente al Bósforo. Y ahí estaba. Cuando lo vi, sentí rabia y alivio al mismo tiempo.

—¿Por qué desapareciste? —le pregunté.

Él bajó la mirada.

—Estuve en una misión sin comunicación… Cuando volví, pensé que tú habrías seguido tu vida. Tenía miedo de interrumpirte. - Me reí, nerviosa.

—Alan Drevann… Siempre nos encontramos. ¿De verdad creíste que esta vez sería diferente?

Se sentó frente a mí, como siempre, junto a la ventana.

—No quiero perder esto —dijo.

Ese día entendí que el amor no siempre es distancia cero, sino dirección compartida.

Desde entonces seguimos viviendo en partes distintas del mundo… pero siempre encontramos la misma ventana. Y siempre nos encontramos.

FIN


Escrito por Jessica Bao Perez.

En Badalona, a jueves, 12, de febrero de 2026.

Título del cuento, obtenido de un post de Facebook.

No hay comentarios:

Publicar un comentario