ECLIPSE
CUENTO BREVE
La precisión siempre ha sido mi refugio. En mi trabajo como farmacéutica en Zúrich, un miligramo de más o de menos en una formulación magistral marca la diferencia entre la cura y el riesgo. Me llamo Edna Varkonyi, nací en Praga hace veintinueve años, y llevo una vida ordenada. Físicamente soy de estatura media, de piel pálida y cabello castaño oscuro que suelo sujetar en un moño pulcro; mis ojos avellana examinan el mundo con una mezcla de curiosidad científica y reservas emocionales. Rara vez dejo espacio al azar.
Por eso, estar en la cima de la colina del observatorio en las afueras de la ciudad, rodeada de multitud de observadores, era un extraño paréntesis en mi rutina.
El viento fresco anunciaba la penumbra del mediodía. A mi lado, ajustando un telescopio con filtro solar, estaba un hombre de porte elegante. Tenía treinta y tres años, medía algo más de un metro ochenta, poseía una mirada profunda de color miel y una barba recortada con esmero. Su silueta transmitía sosiego.
—La fase de totalidad comenzará en tres minutos —comentó con voz cálida. Tenía un ligero acento francófono.
—Es fascinante cómo la Luna, siendo cuatrocientas veces más pequeña que el Sol, logra cubrirlo perfectamente por estar cuatrocientas veces más cerca —respondí, ajustándome las gafas de eclipse.
Él sonrió con deleite.
—Una coincidencia geométrica poética, ¿no cree? Me llamo Elian Bellerose. Soy astrólogo e investigador histórico. Nací en Montreal, aunque ahora vivo en Florencia.
—Edna Varkonyi —me presenté—. Farmacéutica. Praguense de origen, pero resido en Zúrich.
En ese instante, la luz del día comenzó a extinguirse de forma insólita. El cielo adoptó un tono azul cobalto profundo y las aves guardaron silencio. El anillo de diamante brilló brevemente antes de dar paso a la corona solar: una aureola blanca y fantasmal que flotaba en la penumbra.
—El ser humano lleva milenios conteniendo el aliento ante este espectáculo —dijo Elian Bellerose, contemplando el eclipse con una veneración casi mística—. El registro más antiguo de un eclipse solar total proviene de tablillas de arcilla en Ugarit o de inscripciones chinas del segundo milenio antes de Cristo. En aquel entonces, no existía la diferencia entre astronomía y astrología; los eclipses se interpretaban como presagios de caída de reyes o transformaciones sociales.
—Eran vistos como una interrupción del orden natural —añadí, fascinada.
—Exacto. Para los Babilonios servían para ajustar calendarios religiosos; para los griegos, como Thales de Mileto, fue la oportunidad de demostrar que el cosmos seguía leyes predecibles. Hoy en día, la astrofísica utiliza los eclipses para estudiar la corona solar o probar teorías como la relatividad general de Einstein. Sin embargo, para la astrología madura, sigue siendo un símbolo de introspección: el momento en que lo inconsciente oculta temporalmente a la mente consciente para permitir un renacimiento.
Escuchar a Elian Bellerose era estimulante. Combinaba la erudición histórica con un respeto profundo por la psique humana.
A partir de aquel día, el destino pareció empeñado en cruzar nuestros caminos. Coincidimos dos meses después en Londres, en el Observatorio Real de Greenwich. Caminamos juntos sobre el meridiano cero y visitamos la Sala del Octógono.
—Mira esos cronómetros de Harrison —comentó Edna Varkonyi, señalando las vitrinas de madera y bronce—. Resolvieron el problema de la longitud en el mar gracias a la precisión mecánica. Eso es lo que admiro: la mente humana buscando certidumbre.
—Y yo admiro cómo tus ojos brillan cuando encuentras estructura en las cosas, Edna Varkonyi —respondió Elian Bellerose suavemente—. A mí me fascina tu capacidad para cuidar de los demás a través de la ciencia, tu rigor analítico y esa honestidad transparente que no usa máscaras.
Yo también estaba cayendo rendida ante él. Me enamoré de su serenidad, de su paciencia para escucharme y de cómo sus conocimientos astrológicos no buscaban adivinar el futuro, sino comprender la complejidad del comportamiento humano.
Poco después viajamos a Roma. Quedamos maravillados bajo la cúpula del Panteón de Agripa. El óculo central dejaba entrar un haz de luz dorada que acariciaba los nichos de mármol antiguo.
—Es el templo de todos los dioses, pero también un reloj solar gigantesco —expuso Elian Bellerose mirando hacia el firmamento a través de la abertura—. Un tributo a la armonía entre el cielo y la arquitectura militar romana.
Durante casi un año, acortamos la distancia entre Zúrich y Florencia con viajes continuos y conversaciones interminables. Pero la estabilidad de nuestro romance sufrió una sacudida imprevista.
Ocurrió durante una estancia en su apartamento de Florencia. Mientras Elian Bellerose había salido a comprar ingredientes para la cena, busqué un cuaderno para anotar una dirección. Sobre su escritorio de roble encontré una carpeta rotulada con mi nombre completo: Edna Varkonyi.
Al abrirla, mi pulso se aceleró. Había un esquema astral detallado con mi hora exacta de nacimiento, pero lo inquietante eran las hojas adjuntas: diagramas de compuestos químicos, notas sobre la interacción de extractos de Atropa belladonna y Conium con el sistema nervioso central, y anotaciones al margen como "modificación de la conducta y la percepción psíquica".
Mi mente de farmacéutica redactó una hipótesis escalofriante de inmediato: Elian Bellerose me estaba analizando como sujeto de estudio para alguna investigación no autorizada o manipulación psicoactiva combinada con astrología. ¿Era todo nuestro romance una fachada experimental?
Cuando Elian Bellerose cruzó la puerta con la cesta de pan fresco, me encontró de pie junto al escritorio, con los documentos en la mano y el rostro pálido.
—Edna Varkonyi, ¿qué ocurre? —preguntó preocupado.
—Necesito una explicación lógica y la quiero ahora mismo —dije con voz firme, usando el tono sobrio de mis años universitarios—. ¿Por qué tienes un expediente con mi historial de nacimiento cruzado con principios activos tóxicos y notas sobre alteración de la conducta?
Elian Bellerose parpadeó, sorprendido. Luego miró los papeles y dejó escapar un largo suspiro, esbozando una sonrisa apenada.
—Edna, por favor, siéntate. Deja que te muestre la segunda mitad de esa carpeta.
—No me voy a sentar hasta que me aclares si me estás utilizando para un ensayo farmacológico ilegal —repliqué, manteniendo la distancia.
—Dios mío, no —dijo Elian Bellerose con rotundidad—. Edna, estoy escribiendo una tesis sobre la historia de la Iatroquímica y la astromedicina del siglo XVI, concretamente sobre los manuscritos de Paracelso y las farmacias renacentistas en la Toscana. Esos folios son transcripciones de recetas antiguas que estudiaban cómo los médicos del Renacimiento creían que las plantas medicinales debían cosecharse bajo ciertas fases lunares.
Se acercó lentamente, sacando un estuche del cajón inferior.
—Y la hoja con tu nombre... era para esto. Estaba preparando un regalo para nuestro aniversario: una reproducción artesanal de un mapa botánico-astral de Praga del año 1590, adaptado a tu fecha de nacimiento, relacionando las constelaciones con las plantas medicinales históricas de tu ciudad natal.
Abrió el estuche y me mostró un pergamino ilustrado a mano con delicadeza extraordinaria. Allí estaban trazadas las constelaciones en tinta dorada, entrelazadas con ilustraciones botánicas de lavanda, manzanilla y sauce.
Sentí un calor repentino en las mejillas. La rigidez de mis hombros se desvaneció por completo.
—Nuestra mente lógica a veces nos juega malas pasadas cuando intentamos protegernos del miedo a salir heridos —dijo Elian Bellerose con dulzura, tomando mis manos con delicadeza—. No hay intrigas ni experimentos, Edna Vrkonyi. Solo hay un hombre fascinado por la mujer más brillante que ha conocido.
—Lo siento —murmuré, riendo con una mezcla de alivio y vergüenza—. Mi deformación profesional me hizo ver un veneno donde solo había un poema histórico.
Esa noche, bajo el cielo estrellado de Florencia, comprendí que la vida no se puede calcular en un matraz de laboratorio. Decidimos dar el paso definitivo: Elian Bellerose trasladaría parte de su trabajo de investigación a la Universidad de Zúrich, y yo abriría mi corazón a la maravillosa incertidumbre de compartir el camino. Porque incluso cuando la penumbra del malentendido oscurece el horizonte, el amor verdadero siempre encuentra la forma de hacer brillar de nuevo la luz.
FIN
Escrito por Jessica Bao Perez.
El miércoles, 12 de agosto de 2026. El día del eclipse solar.
En Badalona.






