jueves, 16 de octubre de 2025

¡Cuento escrito 🖋 por mí! #148

                            UN VERANO EN EL ESTARTIT

CUENTO BREVE

 

Se conocieron en una esquina cualquiera del Estartit, entre una heladería y un mar de turistas quemados por el sol. Él, Leopoldo Kranz Vellamonte, entomólogo suizo, llevaba días fotografiando libélulas en los Aiguamolls del Empordà. Ella, Flor Ingeborg Olsson, diseñadora de vitrales nacida en Uppsala, había bajado desde París a pasar una semana sola, alejada del bullicio de su taller.

Leopoldo era delgado, de rostro alargado, gafas redondas y voz suave, con una timidez que parecía esculpida en piedra. Flor, en cambio, irradiaba una calma serena, con su melena rojiza trenzada al estilo sueco, ojos del color del ámbar y una risa que desarmaba silencios.

Flor vestía como si la comodidad fuese una declaración de principios. Leopoldo, en cambio, usaba camisas con bolsillos infinitos, llenos de lupas y libretas. Internamente, ella era fuego lento; él, brisa paciente.

Se conocieron por accidente: ella tropezó con el trípode de su cámara mientras él retrataba un insecto posado en un geranio.

-Disculpa, - dijo ella, en francés.

-No pasa nada, - respondió él en un castellano dulcemente torpe.

Lo que uno vio en el otro fue simple: Flor amó la manera en que él observaba el mundo, como si todo tuviera un alma diminuta esperando ser descubierta. Leopoldo quedó hechizado por su capacidad de mirar vitrales como si fueran historias detenidas en el tiempo.

Visitaron juntos las Islas Medas, donde los peces nadaban entre restos de naufragios y secretos. Subieron al castillo de Montgrí, sudando entre risas, y desde arriba imaginaron juntos cómo habría sido vivir en una época sin internet ni horarios. Pasearon por el paseo marítimo, compartiendo granizados  y tocando guitarras prestadas en la playa.

Pero el verano, como el amor, no siempre es sin nubes. Una tarde, Flor lo escuchó hablando por teléfono en alemán. Solo entendió la palabra "zurückkehren", que ella sabía poco alemán, pero era muy dada a aprender idiomas, por sí misma, y sabía que eso significaba: —volver— y creyó que Leopoldo se marchaba sin decir adiós. Herida, evitó verlo durante dos días.

Leopoldo, desconcertado por su ausencia, la buscó hasta encontrarla en una tienda de postales. Hasta que la encontró en el bar de la plaza, dónde, quedaban siempre.

-No me voy, - le explicó, -le decía a mi hermana que no volvería pronto. Me gustaría quedarme... contigo.-

Lloraron un poco. Rieron más.

El último día de agosto, en una terraza mirando al mar, prometieron encontrarse en cualquier ciudad que tuviera ventanas y flores. El Estartit quedó atrás, pero lo llevaron siempre en la memoria, como un vitral donde la luz del verano nunca dejaba de brillar.

Un año después, abrieron juntos un pequeño taller-museo en Marsella. Ella diseña vitrales inspirados en insectos; él los nombra con palabras suecas. Y cada verano, sin falta, vuelven al Estartit, por si acaso el destino quiere regalarles otro tropezón.

FIN

Escrito por Jessica Bao Perez.

El jueves, 16, de octubre de 2025.

En Badalona.

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