UN VERANO EN EL ESTARTIT
CUENTO BREVE
Se conocieron en
una esquina cualquiera del Estartit, entre una heladería y un mar de turistas
quemados por el sol. Él, Leopoldo Kranz Vellamonte, entomólogo suizo, llevaba
días fotografiando libélulas en los Aiguamolls del Empordà. Ella, Flor Ingeborg
Olsson, diseñadora de vitrales nacida en Uppsala, había bajado desde París a
pasar una semana sola, alejada del bullicio de su taller.
Leopoldo era
delgado, de rostro alargado, gafas redondas y voz suave, con una timidez que
parecía esculpida en piedra. Flor, en cambio, irradiaba una calma serena, con
su melena rojiza trenzada al estilo sueco, ojos del color del ámbar y una risa
que desarmaba silencios.
Flor vestía como
si la comodidad fuese una declaración de principios. Leopoldo, en cambio, usaba
camisas con bolsillos infinitos, llenos de lupas y libretas. Internamente, ella
era fuego lento; él, brisa paciente.
Se conocieron
por accidente: ella tropezó con el trípode de su cámara mientras él retrataba
un insecto posado en un geranio.
-Disculpa, - dijo
ella, en francés.
-No pasa nada, -
respondió él en un castellano dulcemente torpe.
Lo que uno vio
en el otro fue simple: Flor amó la manera en que él observaba el mundo, como si
todo tuviera un alma diminuta esperando ser descubierta. Leopoldo quedó
hechizado por su capacidad de mirar vitrales como si fueran historias detenidas
en el tiempo.
Visitaron juntos
las Islas Medas, donde los peces nadaban entre restos de naufragios y secretos.
Subieron al castillo de Montgrí, sudando entre risas, y desde arriba imaginaron
juntos cómo habría sido vivir en una época sin internet ni horarios. Pasearon
por el paseo marítimo, compartiendo granizados
y tocando guitarras prestadas en la playa.
Pero el verano,
como el amor, no siempre es sin nubes. Una tarde, Flor lo escuchó hablando por
teléfono en alemán. Solo entendió la palabra "zurückkehren",
que ella sabía poco alemán, pero era muy dada a aprender idiomas, por sí misma,
y sabía que eso significaba: —volver— y creyó que Leopoldo se marchaba sin
decir adiós. Herida, evitó verlo durante dos días.
Leopoldo,
desconcertado por su ausencia, la buscó hasta encontrarla en una tienda de
postales. Hasta que la encontró en el bar de la plaza, dónde, quedaban siempre.
-No me voy, - le
explicó, -le decía a mi hermana que no volvería pronto. Me gustaría quedarme...
contigo.-
Lloraron un
poco. Rieron más.
El último día de
agosto, en una terraza mirando al mar, prometieron encontrarse en cualquier
ciudad que tuviera ventanas y flores. El Estartit quedó atrás, pero lo llevaron
siempre en la memoria, como un vitral donde la luz del verano nunca dejaba de
brillar.
Un año después,
abrieron juntos un pequeño taller-museo en Marsella. Ella diseña vitrales
inspirados en insectos; él los nombra con palabras suecas. Y cada verano, sin
falta, vuelven al Estartit, por si acaso el destino quiere regalarles otro
tropezón.
FIN
Escrito
por Jessica Bao Perez.
El jueves,
16, de octubre de 2025.
En Badalona.

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